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José Ángel Rodriguez
Universidad Central de Venezuela

Tras las huellas de Humboldt: realidades y fantasía de la naturaleza venezolana en el siglo XIX

2. El Dorado imaginario de Louis Glöckler

Entre los grandes propagandistas de la naturaleza venezolana figura en primera línea el comerciante Louis Glöckler, gran admirador de Alexander von Humboldt, cuya influencia le hace escoger Venezuela como lugar de destino, donde viviría por 16 años en la ciudad portuaria de Puerto Cabello entre 1834 y 1850. Posteriormente, desde mayo de 1850 a 1868, ocuparía el cargo de cónsul de Venezuela en la ciudad de Hamburgo. En la ciudad hanseática desplegó sus artes a favor de la emigración alemana hacia el país de sus sueños, en el cual moriría y donde, a petición suya, fue enterrado en su hacienda La Fundación en el valle Guataparo en 1872[1].

La obra publicitaria sobre Venezuela escrita por Luis Glöckler fue editada en 1850. Los resultados no se hicieron esperar: desde el consulado venezolano de Hamburgo, como desde otros menos importantes distribuidos en lugares claves de la geografía alemana como Bremen, Lübeck, Altona, Schwerin, al norte, y Mannheim o Stuttgart al sur, fue necesario despachar todo tipo de informaciones adicionales sobre el país que se presentaba de manera tan positiva. El interés que causó la “obrita”, como la llamaba su autor, que decía tener un corazón venezuelano, no es sorprendente porque salió a la luz pública en un terreno bien abonado de necesidades de diversa índole que buscaban acabar sus padeceres en otras regiones del globo terráqueo, en el continente americano para empezar. Que no se piense lo contrario: Glöckler no era, ni mucho menos, un empresario de la inmigración, como tantos que había en la época, sobre los cuales el alemán tenía muy mal concepto y a quienes ataca en numerosas ocasiones.

La intención de la obra es doble y el autor lo plantea sin equívocos desde el comienzo: el pequeño libro de 42 páginas con un mapa de la república realizado por Agustín Codazzi, lo escribe por el propio interés de Venezuela, por una parte, y en beneficio de sus paisanos que buscan un mundo mejor fuera del terruño, por otra. Por ello presenta un cuadro más que verídico de un país con extensos territorios y escasa población, incapaz de acometer la tarea de llevarlo por el camino del progreso que le estaba casi asignado por la naturaleza la cual, en propias palabras de Glöckler, había bendito al país con todo tipo de riquezas[2]. A él no le cabía ninguna duda: los alemanes estaban casi designados por esa misma naturaleza a explotarlas en provecho propio y en beneficio del país que les daba una oportunidad dorada. Y era así, entre otras cosas, porque “la aplicación, honradez y carácter pacífico del pueblo alemán [eran en Venezuela] bien conocidas y estimadas”[3].

Para empezar, Venezuela contaba con suelos suficientes, además de poco o nada explotados, para atender la demanda de gran número de alemanes. Desde el comienzo del libro, Glöckler insistía en que los suelos en el país eran muy fértiles. Por consiguiente, las plantas, por ejemplo de plátanos, apios, papas, ñames o frutas, crecían con gran facilidad y poco trabajo en comparación con Alemania, al punto que en Venezuela se utilizaba el proverbio que aseguraba que “aquí nadie muere de hambre”[4]. Nunca plantea en cambio, como lo había hecho su admirado Humboldt, las dificultades de orden físico de extensas áreas del país donde la agricultura era precaria por los suelos, cuando no por la escasez de agua, como las provenientes de la geografía humana.

Bien lo señalaba Humboldt, y aprovechaba Glöckler en exceso: la naturaleza había sido pródiga al dotar al país de caudalosos e innumerables ríos, altas montañas y vegetación exuberante, pero el cónsul de Hamburgo no toma en cuenta las inmensas dificultades que implicaba domeñarla. Igual sucede con la fauna venezolana, tenida como espléndida: lapas, acures o conejos desfilan en las páginas de Glöckler. También los animales feroces que como “leones” y “tigres” poblaban las selvas. Los “leones”, estimaba el alemán, eran pequeños y  rara vez peligrosos. En cambio los “tigres”, entiéndase cunaguaros, podían ser de gran tamaño. Él mismo había cazado unos cuantos, por lo cual sabía de lo que hablaba. No se trataba de fanfarronadas, pues no era Glöckler un hombre presumido, sino una de las diversiones propias de los alemanes en Venezuela. La caza se realizaba, en efecto, en pequeños grupos de amigos, casi todos empleados de casas comerciales, en varias partes del territorio.

Otros animales por ser más pequeños no dejaban de ser peligrosos. Para empezar, estaban las culebras, que rara vez llegaban cerca de las casas, atajaba Glöckler como para disipar miedos atávicos. Las había también muy venenosas pero, recientemente, se había encontrado un antídoto muy eficaz. De esta manera, en uno de sus frecuentes viajes por Venezuela, en compañía esa vez de un naturalista y un artista, los germanos habían sido mordidos por la peligrosa “mapanare de cuatro narices”. Glöckler en persona había observado las mordeduras y la eficacia del antídoto Salmiakertract que los salvó de la muerte. Eran también de temer los escorpiones, peligrosos ciertamente. No podían faltar los zancudos, a los cuales Glöckler resta importancia cuando se preguntaba “¿no hay acaso también mosquitos en Alemania?”. Más aún: en las tierras altas venezolanas se conocían incluso menos que en Alemania[5].

Glöckler no olvidaba el clima el cual, pese a todo pronóstico, lo consideraba “generalmente saludable”. El testimonio inequívoco de Humboldt en cuanto a clima y enfermedades es dejado de lado, como otros aspectos de su obra, debido a las pruebas irrefutables de su propia experiencia. De esta forma, escribía Glöckler, él nunca había sufrido por la fuerte luz solar en los 16 años de su estancia en Puerto Cabello ni de los rigores climáticos, por los cuales otros alemanes languidecían en diversas partes del territorio. En materia de enfermedades, sólo había una vez padecido de fiebre pero eso no fue obstáculo para seguir siendo un hombre saludable y trabajador, quien recorrió incluso varias veces a caballo grandes extensiones del territorio desde el centro hasta al río Apure. No faltaría más de un alemán que revisara en el mapa anexo a la obra esa distancia y quedara perplejo de la hazaña, que lo era, ciertamente.

Glöckler consolidaba sus argumentos climáticos con ejemplos de paisanos, dejando de lado las observaciones y recomendaciones no sólo de Humboldt sino de otros viajeros. Así, durante su estancia en Venezuela, él había conocido alemanes con 20 y 25 años en el país, en especial en Puerto Cabello y en La Guaira, acostumbrados de tal manera al clima local que no lo hubiesen cambiado de ninguna manera por el crudo invierno alemán, y sus correspondientes tormentas, que duraba 6 largos meses[6]. No cabía ninguna duda: la luz enceguecedora del sol venezolano podía animar muchas empresas. Podía hasta incluso hacer abominar los largos periodos de frialdad y oscuridad alemanes, condiciones climáticas duras y avaras con los seres que habitaban tales tierras. Para ponerlo en propias palabras de Glöckler, no había en estas tierras, en efecto “…ningún invierno, de cuya dureza el hombre tuviese que protegerse; la naturaleza permanece aquí con fuerza juvenil, floreciente y generosa en frutos.”[7]

Si el medio físico, botánico y zoológico venezolano sólo ofrecía oportunidades, beneficios y gratas sorpresas, el cultural no se quedaba atrás. Para empezar, la lengua castellana, que podía disuadir a algunos de aventurarse por nuevas tierras, no representaba, como era de esperarse del texto propagandístico, un asunto difícil. De esta manera, Glöckler escribía que los alemanes podían aprenderlo sin grandes dificultades y defenderse desde temprano en asuntos sencillos relacionados con los requerimientos prácticos de la vida cotidiana. Es más, añade el alemán tomando datos de la cultura oral y de su propia experiencia, en la época se decía que los artesanos, dueños de barcos y marineros alemanes lo aprendían con rapidez e incluso sin la ayuda de libros, fama que él mismo comprobaba como cierta. Para aquellos que tenían algún conocimiento previo, o para otros con rudimentos de latín o francés, el aprendizaje del español no iba a significar ninguna dificultad. Advertía también, como para animar a los desconfiados, que en las ciudades portuarias venezolanas se hablaba comúnmente inglés, alemán y francés[8].

Los venezolanos, para gran sorpresa, tampoco ofrecían ningún problema. Ellos, sencillamente, habían heredado las mejores cualidades del pueblo español. De esta manera, el venezolano típico, era un hombre abierto, amistoso y hospitalario que honraba y amaba su patria y la libertad. Era un pueblo de “heisses Blut”, de sangre caliente, composición sanguínea que lo llevaba, entre otras cosas, a aborrecer la injusticia. Un buen ejemplo del carácter venezolano, acota Glöckler, fue la gesta de la emancipación: entre todas las antiguas provincias españolas fue Venezuela la que ofreció el mayor número de víctimas para conseguir la libertad. Entre líneas es claro que Simón Bolívar constituía, en su opinión, el mejor representante de este pueblo, además de ser el héroe máximo de la guerra de independencia en Venezuela y en toda América[9].

Pero la felicidad no era completa, bien lo expresaba también Humboldt a lo largo de su obra. Glöckler también lo destacaba desde las primeras páginas de la obra: siempre hay sombras en la vida de los hombres y en Venezuela éstas no faltaban: a pesar de ser una tierra bendita y casi paradisíaca, allí también, como en el jardín del Edén, no faltaba una serpiente[10]. En el jardín venezolano de entonces había más de una, pero Glöckler, a pesar de prometer desde el principio de la obra que no callaría las “sombras”, no las presenta sino de manera edulcorada. Así, en sólo dos páginas donde describe las dificultades del país entre 1830 y 1850, el alemán indica que entre 1835 y 1847 la paz sólo había sido interrumpida en breves ocasiones, lo que no deja de ser cierto. Sin embargo, desde 1847 la situación se tornaba complicada, no por la presencia de encuentros o guerras sangrientas, sino por la inseguridad de las inversiones y la contracción de los créditos en el mercado interno. Pero desde 1850 la situación había mejorado con José Tadeo Monagas, presidente de la República. Glöckler no dejaba de advertir a sus lectores que el extranjero no debía temer por su persona o bienes en tanto no se comprometiera con ningún partido político[11]. Si ese era el caso, el Estado se encargaría de los daños infringidos a sus bienes en tiempos de intranquilidad. Louis Glöckler en persona sufriría en carne propia esa quimera…

El libro entusiasmó a unos cuantos alemanes. Fueron 1200 los que vinieron a probar suerte en esta especie de Tierra de Gracia decimonónica. Pero también disgustó a unos cuantos, para empezar a Heinrich Bauch, el segundo cónsul de Hamburgo en La Guaira entre 1850-1858[12]. En una correspondencia al senado de Hamburgo del 9 de julio de 1854, el cónsul criticaba con dureza el escrito de Glöckler el cual, en su opinión, no sólo exageraba las ventajas de Venezuela como país de acogida, sino que desconsideraba la  política interior venezolana que, en esos momentos al menos, era la más inadecuada para favorecer y atender la inmigración como era debido. Venezuela, expresaba Bauch, era más que cualquier otro destino de emigración, una tierra donde no se encontraría “kein Eldorado”[13], vale decir ningún El Dorado, expresión alemana -utilizada incluso hasta hoy día en el habla común- de claro sentido geohistórico que tiene a los Welser detrás de ella.

El mismo cónsul Bauch había señalado en 1848 su admiración por las condiciones físicas y climáticas del país, pero también, y en esto era más perceptivo que su paisano, los peligros del caos que avistaba en el horizonte. A pesar de la carga ideológica del texto, que representa muy bien su conservadurismo hamburgués, por el cual culpa de todos los males del país a la presencia del pensamiento y acción de los liberales, su testimonio es rico en detalles y profético de las divisiones políticas, económicas y sociales, que culminarían con el estallido de la cruenta Guerra Federal en 1859 y que asolaría gran parte del “bello país” hasta 1863.

Otros cónsules alemanes en los albores de la Venezuela independiente eran de la misma opinión de Bauch en el sentido de desaconsejar la emigración. Para empezar, el cónsul Blohm, el primero en ejercer el cargo en La Guaira, alertaba en carta del 30 de mayo de 1838, a las autoridades hamburguesas sobre cualquier acción en ese sentido. Y lo hacía basado en las mismas razones que Glöckler daba como positivas en 1850. La percepción ambiental de Blohm era, en este sentido, muy distinta porque veía en el clima uno de los elementos contrarios al éxito de la integración alemana. También la lengua la consideraba un obstáculo, por no hablar de las costumbres o la gran modestia alimentaria venezolana, a la cual habrían de acostumbrarse los inmigrados, que consistía básicamente de raciones diarias de maíz y caraotas[14]. Por su parte, el cónsul Strohm de Bremen escribía muy tempranamente, el 20 de abril de 1831, al alcalde de la ciudad que no podía considerarse la emigración hacia Venezuela hasta tanto no se ejerciera aquí, entre otras cosas, la tolerancia[15].

Algunos años más tarde, y debido a las grandes dificultades internas políticas, económicas y sociales alemanas, el Síndico de la ciudad de Hamburgo preguntaba al cónsul en La Guaira su apreciación sobre la posibilidad de la emigración de alemanes hacia Venezuela. La respuesta de Blohm no se hizo esperar. En una carta fechada el 29 de septiembre de 1841, describió con crudeza la suerte de 5.000 inmigrantes canarios que no habían tenido ninguna buena experiencia en el país. Remataba asegurando que los alemanes no tenían aquí nada que buscar: el clima, el desorden y el ambiente de indecisión hacían las cosas difíciles[16]. 

Louis Glöckler, por el contrario, fue uno de los alemanes más positivos que haya pisado el país en el siglo XIX. Positivo hasta el punto de perder el sentido de la realidad y de aconsejar cosas que lo mantuvieron luego en ascuas en su patria. Para empezar, el clima que tanto alababa el alemán no era benigno y trastornó la vida de muchos emigrados que no se acostumbraron al trabajo en climas muy calientes. El tema de las enfermedades es quizá de mayor alcance y cabe a Glöckler la culpa de no presentar el asunto de los males tropicales con mayor objetividad.

Glöckler había vivido 16 años en Puerto Cabello y si bien él había experimentado una sola vez fiebre, esa condición de buena salud personal no era suficiente para generalizar y escribir como lo hizo. Tampoco era serio escribir sobre clima y salubridad en base del destino de varios alemanes de muy buena salud, y mejor suerte, que poco se enfermaron. En ese sentido, el texto del alemán contiene una buena dosis de irresponsabilidad. Tampoco era Puerto Cabello en la época que vivió allí Glöckler (1834-1850), era un lugar ni mucho menos sano. Tampoco lo era La Guaira, otro puerto de entrada de inmigrantes incautos.

En el caso de los inmigrantes de Glöckler, los temores de los cónsules hanseáticos se cumplieron: un grupo de ellos sufrió de la fiebre amarilla en Caracas, lo que le costó no pocos sinsabores en Alemania, donde fue demandado en diversos tribunales. También mucha pena interior por haber ilusionado a algunos paisanos que encontraron aquí la muerte y no el ansiado paraíso. En efecto, uno de los peores asuntos que Glöckler tuvo que enfrentar en su país fue la muerte de centenares de paisanos víctimas de la fiebre amarilla en Caracas. A decir verdad, Glöckler no era el solo responsable, pero la prensa alemana lo tomó como el chivo expiatorio más cercano. La otra parte del escándalo lo protagonizaron el gobierno venezolano y no pocos hacendados. De esta manera, los alimentos solicitados para los recién llegados no habían sido dispuestos, ni atendidos sus requerimientos a su llegada a los puertos venezolanos. Además, algunos hacendados habían dado “un trato poco humano a los inmigrados”, lo cual dejaba bastante mal parado al gentilicio venezolano que el libro de Glöckler había destacado como abierto, amistoso y hospitalario. Por si fuera poco, algunos inmigrados con dinero, que contaban con recursos entre 6 y 800 pesos, y hasta uno con “1200 pesos en plata”, reclamaron terrenos baldíos para invertir su dinero en ellos pero “se devolvieron de Venezuela por no haberles sido posible hacerse de ellos”. No cabe duda: el Unordnung (desorden) sobre el cual había alertado el cónsul Blohm en 1841 se había manifestado con todo rigor[17] y dado al traste con un plan de inmigración alemana a Venezuela convertida, por obra de Glöckler, en un espejismo de Tierra de Gracia decimonónica.



[1] Más detalles sobre el particular en mi libro Venezuela en la mirada alemana. Paisajes reales e imaginarios en Louis Glöckler, Carl Geldner y Elisabeth Gross, 1850-1896. Caracas: Comisión de Estudios de Postgrado y Fondo Editorial de la Facultad de Humanidades y Educación de la UCV/Fundación Edmundo y Hilde Schnoegass, 2000.

[2] Venezuela und die deutsche Auswanderung dorthin,. Schwerin, 1850; p.31. Todas las traducciones del alemán al español de la obra de Louis Glöckler han sido efectuadas por quien suscribe.

[3] Ibíd., p.40.

[4] Ibíd., p. 9.

[5] Ibíd., p.11.

[6] Ibíd., pp. 6-7.

[7] Ibíd., p.10.

[8] Ibíd., p.41.

[9] Ibíd., p.5.

[10]Ibíd., p.12.

[11]Ibíd., p.4.

[12] Este es el periodo que señala Rolf Walter en su obra Los Alemanes en Venezuela (Desde Colón hasta Guzmán Blanco). Caracas: Asociación Cultural Humboldt, 1985; p.182. Sin embargo, en nuestro trabajo de archivo en Hamburgo, encontré cartas de Bauch antes de 1850 en las cuales firmaba como cónsul.

[13] Staatsarchiv, Hamburgo, Senat 111-1, 163 ld.

[14] Staatsarchiv, Hamburgo, Senat, 111-1, k.l.g. 2, 1.

[15] Staatsarchiv, Bremen, C16 IIa, 1c 2b.

[16] Staatsarchiv, Hamburgo, Senat 111-1, k.l.g. 2, 1.

[17] Staatsarchiv, Hamburgo, Senat 111-1, k.l.g. 2, 1.

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Letzte Aktualisierung: 05 Dezember 2007 | Kraft
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