HiN - Internationale Zeitschrift für Humboldt-Studien (ISSN: 1617-5239)

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HiN XI, 20 (2010)

HUMBOLDT und HISPANO-AMERIKA II

Sobre la autora
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Marta Herrera Ángel

Las ocho láminas de Humboldt sobre Colombia en
Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América
(1810)

Resumen

Este artículo analiza las láminas en el contexto de los escritos con los que se relacionaron, asociando las imágenes con los textos, para entender el sentido de su selección y lo que se buscaba mostrar con ellas. El texto se divide en tres partes: la primera, busca entender el sentido general de Vues y, en ese contexto, la selección de las láminas relativas a la actual Colombia; la segunda, analiza las láminas que se publicaron en esa obra sobre ese territorio y la tercera la forma como en esas láminas se trabajó la figura humana. Se plantea que el argumento básico de Vues era que las cordilleras se constituían en el entorno de los pueblos “civilizados” de América; la discusión de fondo, sin embargo, era si ya América estaba ocupada por europeos o si era todavía una continente “silvestre” que Europa podía redescubrir y reocupar, tal como sugiere Humboldt. Sobre este punto difícilmente podría haber acuerdo entre los criollos eurodescendientes y los europeos. Por este motivo, entre otros, es difícil argumentar que dentro del proceso de reconfiguración de la imagen americana que se estaba dando a finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX hubo consenso alrededor de un autor, así fuera de la talla de Humboldt.
 

* * *

Introducción

Hace ya más de un año recibí un amable correo de Frank Holl en el que me invitaba a participar en un simposio sobre la obra de Humboldt, con el tema de las láminas relativas al actual territorio de Colombia que habían sido publicadas en el libro de Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América (1810).[1] La idea de analizar láminas publicadas en la obra de Humboldt me entusiasmó, por lo que sin muchas dilaciones acepté la invitación. Lo señalado explica algunos elementos que delimitan el tratamiento del tema: primero, que el territorio considerado en este artículo es el de la actual Colombia y no el del virreinato de la Nueva Granada. En efecto, cuando Humboldt y Bonpland viajaron por América (1799–1804) había en Hispanoamericana tres virreinatos: Nueva Granada, México y Perú (véase mapa figura 1).[2] El territorio del virreinato de la Nueva Granada era mucho más extenso que el actual territorio de Colombia e incluía a la audiencia de Quito (actual Ecuador). En este artículo, sin embargo, no se analizarán las láminas de esa audiencia, que fueron estudiadas por Segundo Bernal y, en adelante, se hablará de las láminas relacionadas con el territorio colombiano, salvo que se requiera hacer alguna precisión adicional respecto a la Nueva Granada. Segundo, que este artículo sólo analiza las ocho láminas sobre Colombia que se publicaron en Vistas y no el conjunto de las láminas relativas a la actual Colombia que se publicaron en otras obras de Humboldt. Tercero, que en el contexto de Vistas las ocho láminas sobre Colombia conforman sólo un poco más de la décima parte del total de las 69 láminas, cuya gran mayoría está centrada en México. Es más, un número mayor de láminas está dedicado a la audiencia de Quito (actual Ecuador). Los anteriores señalamientos significan, entre otras cosas, que se estaría haciendo una delimitación del tema aparentemente ajena a la estructura de la obra de Humboldt; sin embargo, esto no es del todo así. En efecto, dados los parámetros a partir de los cuales se estructuró Vistas, tomar el actual territorio colombiano implica considerar el conjunto de vistas y monumentos asociados con la cultura Muysca,[3] sin incluir las otras dos culturas o conjuntos culturales que se trabajaron en la obra: Mexicanos y Peruanos.

Figura 1: mapa
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Ahora bien, un primer aspecto que se hizo evidente al iniciar el estudio de las láminas consideradas fue su frecuente aparición en varias publicaciones, pero, a un tiempo, el hecho de que, en general, aparecían descontextualizadas.[4] Es decir, que varias de las láminas se han publicado con alguna frecuencia, pero usualmente sin hacer mayor referencia al contexto o más bien a los textos que las acompañaban y en esa medida a lo que Humboldt quería expresar con ellas. Por este motivo un primer objetivo del trabajo fue entender las láminas en el contexto de los escritos con los que se relacionaron, es decir con los de Vistas. Sobre esta base se planteó una doble aproximación. Por un lado, entender el sentido general de la obra y, por otra, el sentido de las láminas consideradas dentro de la obra, es decir, en el contexto de Vues.

Respecto al primer punto, desde una perspectiva formal Vistas es una obra integrada por dos tomos, uno de láminas y otro de las explicaciones y reflexiones que hace Humboldt alrededor de las láminas. Es decir que a cada lámina corresponde una descripción, cuya extensión es variable, desde unas cuantas líneas hasta varias páginas. En cuanto al orden en que se presentan las láminas Humboldt advierte que hubiera sido deseable incluirlas siguiendo un orden geográfico, pero que por las dificultades para reunir láminas grabadas en diferentes partes de Europa, no fue posible seguir ese orden, por lo que incluye un cuadro en el que se clasifican las láminas “de acuerdo con la naturaleza de los objetos que representan.” (Vistas, p. 6). Según lo que se puede apreciar en ese cuadro las láminas se dividen en dos: las de monumentos y las de sitios. Las de monumentos a su vez se dividen en tres, de Mexicanos, Peruanos y Muiscas y las de sitios se dividen en dos, los de la meseta de México y las montañas de América del Sur (Vues, pp. 3 y 4). Esta especie de índice ya está precisando que la obra se refiere específicamente a pueblos indígenas de América que habitaron en las zonas montañosas y que no incluye a los indígenas de otras áreas visitadas por Humboldt, como podrían ser los del Orinoco. Es decir que, como veremos en detalle más adelante, la idea de monumentalidad que se expresa en la obra se asoció con la población que habitaba y habitó las cordilleras.

Estos elementos ya empiezan a darnos respuesta a los interrogantes sobre cuál es el eje articulador de la obra, que surgen luego de una primera aproximación a la misma. En efecto, si bien según Humboldt en la obra reúne todo lo relacionado con “el origen y los primeros progresos de las artes en los pueblos indígenas de América” (Vistas, p. 5), como él mismo lo sugiere no resulta claro cómo, para el logro de este objetivo, se reúnen láminas y textos sobre monumentos y vistas. Este vínculo entre monumentos y vistas, que no es precisamente obvio, se analiza en la primera parte de este artículo, con base en lo que Humboldt explica al respecto en la introducción y en el prólogo de Vistas. Como se verá, aspectos importantes de este vínculo tienen que ver con su percepción sobre la relación entre clima, “progreso” y “civilización”, la existencia de “pueblos más o menos adelantados” y las posibilidades de “progreso” en el continente americano.

Figura 2: Mapa recorrido Humboldt en Colombia. Fuente: Enrique Pérez Arbeláez (comp.), Alejandro de Humboldt en Colombia, Bogotá, Empresa Colombiana de Petróleos, 1959, p. XVII.
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Figura 3: Mapa Colombia en relieve. Perfil de alturas. Fuente: Alejandro de Humboldt, Voyage aux régions équinoxiales: atlas, plancha 7, Perfil del camino de Cartagena de Indias a Santafé.
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En cuanto al sentido de las láminas sobre Colombia consideradas en el contexto de Vues, tema que se trabaja en la segunda parte del artículo, conviene tener en cuenta el recorrido de este segundo viaje de Humboldt y Bonpland por la Nueva Granada (el primero había sido por el Orinoco y no fue considerado en Vues). Como se puede apreciar en el mapa de la figura 2 entraron por las llanuras del Caribe y por la vía del río Magdalena penetraron a la cordillera andina, que recorrieron hasta su salida hacia Quito. Es decir, que estuvieron en las tierras bajas del Caribe, a las cuales corresponde una de las ocho láminas; el resto de las láminas fueron elaboradas tomando motivos de la zona montañosa de la cordillera andina (véase figura 3 en la que aparece el mapa en relieve y el perfil de alturas). De hecho, la lámina sobre las tierras bajas del Caribe constituye una excepción dentro de los parámetros de la obra, ya que no refiere al entorno cordillerano.

En la clasificación que hizo Humboldt de las ocho láminas consideradas dos corresponderían a monumentos y las demás a vistas. Un examen detallado muestra, sin embargo, que de alguna manera el conjunto de láminas sobre Colombia remiten a la población indígena. Sobre la base de esta reclasificación en la segunda parte del artículo se analizan cinco láminas como asociadas con la cultura Muysca, planteando cómo, al establecerse la dicotomía naturaleza–cultura, entornos profundamente culturalizados fueron percibidos como “naturales” por un observador ajeno a la cultura considerada. Pero además, se muestra que esas láminas asociadas con la cultura Muysca remiten, en general, a un pasado que ya no estaba en vigencia, con lo que se fortalece la idea de un entorno deshabitado, desierto. En las tres láminas restantes se aprecia una actitud un poco más lejana a la idea de monumentalidad, en la que la gente y el entorno adquieren dimensiones más humanas. Allí es la idea de la persistencia de prácticas y valores indígenas lo que sobresale, constituyéndose en un argumento para criticar el manejo que España había dado a sus colonias y, de paso, para cuestionar a los criollos eurodescendientes. La diferente posición de estos últimos y de Humboldt frente a la persistencia de los valores y prácticas de la población indígena pone de manifiesto problemas de poder vinculados con esta discusión.

En la tercera parte del artículo se considera la monumentalidad de las vistas y la forma como se resalta al contrastarla con figuras humanas que se incluyen a manera de escalas. Esta monumentalidad a su vez refuerza la idea que se da en los textos sobre grandes extensiones deshabitadas y desérticas, que entra en contradicción con otro tipo de información que se proporciona en las láminas o en los textos. Las figuras humanas por su parte, además de funcionar a manera de escalas, dirigen la atención hacia aspectos observados por el viajero, pero invisibles para el observador de la lámina y que invitan a que transmute su condición de observador por la de viajero. De esta forma, mientras que la noción de deshabitado legitima los nuevos proyectos de penetración colonial europea, el acceso diferencial a la imagen que se da entre el viajero y el observador invita a este último a vincularse con esos proyectos, llamándole la atención sobre lo interesante y enriquecedora que puede resultar dicha vinculación.

De esta forma, con base en las consideraciones que se hacen en las tres partes en que se divide el artículo, se concluye que la discusión de fondo de Vues, en lo que se refiere a las láminas y textos sobre el actual territorio colombiano –lo que muy probablemente pueda hacerse extensivo a otros territorios del continente–, era si ya estaba ocupado por europeos o si era todavía “silvestre” y, en esa medida, estaba a disposición para ser redescubierto y reocupado por estos, tal como sugiere Humboldt.[5]

Cordilleras y monumentos: una hipótesis geográfica sobre el “progreso”

El título completo de la obra de Humboldt, Vues des Cordillères et monumens des peuples indigènes de l‘Amérique, define, con bastante claridad la temática de la obra.[6] Luego, en la introducción, el autor ratifica lo anunciado en el título y señala que ha reunido todo lo que se relaciona con el origen y primeros progresos de las artes entre los pueblos indígenas de América, material que Humboldt consideraba de interés para el estudio filosófico del hombre. Añadió que a estas planchas se adicionaban vistas pintorescas de diferentes sitios particularmente notables del Nuevo Continente (Vues, p. I), también importantes en términos del estudio filosófico del espíritu humano. Según él, lo que actualmente denominaríamos como parámetros de una cultura derivaba de infinitas causas que no tenían un carácter puramente local y, en esa medida, no eran determinadas por factores geográficos. Así marcaba Humboldt una posición dentro del debate que se adelantaba tanto en América como en Europa alrededor de la relación entre “clima” y “progreso” y específicamente sobre las posibilidades de “progreso” en el continente americano. Por este motivo conviene hacer algunas breves aclaraciones respecto a esta discusión, en especial, teniendo en cuenta que estos problemas estaban en el eje de la relación que estableció Humboldt entre monumentos y vistas.

Como se sabe, las ideas sobre el clima como factor que supuestamente determina las características de las comunidades tienen una larga muy trayectoria en diversas sociedades. Más corta ha sido la duración de la idea sobre la inferioridad de América en Europa, que puede rastrearse en el siglo XVI, poco después de iniciarse su invasión. En el siglo XVIII la exposición de ideas alrededor de ambos problemas estaba abierta. Hegel, Paw o Buffon pueden mencionarse como ejemplos de la argumentación que caracteriza a América como continente inmaduro, inferior, degenerado.[7] En la Nueva Granada, como en otras partes de América, esta inferioridad fue, en términos generales, objeto de rechazo, pero en cambio, a varios miembros de la élite criolla preocupó el tema del impacto del clima sobre la organización social.[8] Para algunos, como para Francisco José de Caldas, en el Nuevo Reino, el clima era un factor determinante sobre el carácter de los habitantes.[9] Pero en el Nuevo Reino, al igual que en Europa, esta idea no era compartida por otros estudiosos. En 1808, el mismo año en que Caldas publicó en el Semanario su “Estado de la geografía del virreinato”, en el que expresaba sus ideas sobre “el influjo del clima y de los alimentos sobre la constitución física del hombre, sobre su carácter, sus virtudes y sus vicios.”[10], Diego Martín Tanco le envió una carta al Semanario para refutar sus ideas.[11] Se tiene entonces un conjunto de problemas sobre los que se presenta debate, a veces en forma implícita, pero no una respuesta uniforme a los temas debatidos. En este sentido, podría afirmarse, como lo hace Pratt, que en la coyuntura previa a los procesos independentistas hispanoamericanos se estaba reconfigurando la imagen americana tanto en América como en Europa.[12] Con lo que tal vez no se podría estar de acuerdo sería con la idea de que un personaje, incluso de las características de Humboldt, proveyera las visiones básicas a ambos grupos.[13] Como sostendremos en este texto, los intereses en juego fueron mucho más variados y complejos, al igual que las visiones propuestas.

En cuanto a esta discusión, para Humboldt las características del entorno tenían un impacto tanto en lo que se refería al “progreso” de las artes, como al estilo de las producciones (Vues, p. 3). Siguiendo este orden de ideas, señalaba:

En el momento en que América fue descubierta o, mejor dicho, cuando se realizó la primera invasión de los españoles, los pueblos americanos que disponían de una cultura más avanzada eran los pueblos montañeses. (...).

(...) En la región equinoccial de América en la que las sabanas, siempre verdes, parecen estar suspendidas por encima de las nubes, no se han encontrado pueblos civilizados sino en el seno de las cordilleras: sus primeros progresos en las artes coinciden en antigüedad con la extraña forma de sus gobiernos, que no favorecían la libertad individual. (Vistas, traducción Labastida, p. 13).[14]

Se aprecia entonces la conexión entre los monumentos en los que se centra la obra, los de “las civilizaciones de aztecas, muiscas y peruanos” (Vistas, trad. Labastida, p. 14), y las vistas de los entornos en que estas culturas se asentaron: las cordilleras. Así, con las Vistas se está, implícitamente, presentando el entorno cordillerano de los grupos humanos americanos que, según Humboldt, habían logrado un mayor “progreso”.

La correspondencia, en todo caso no era total. Dentro de las láminas relativas a la actual Colombia, por ejemplo, se tienen dos tipos de excepciones a este parámetro general: dos de las láminas, la del paso del Quindío y la de la cascada del río Vinagre, se encuentran en el área de la cordillera de los Andes, pero por fuera del territorio Muisca tardío, que era el considerado como de “mayor progreso” por Humboldt. Una tercera lámina, la de los volcanes de lodo de Turbaco, se ubica en las llanuras del Caribe, no en el área de la cordillera andina y también fuera del territorio Muisca tardío. Es decir, que si bien hay un eje articulador en la obra, éste no es tan rígido como para impedir las excepciones. De cualquier forma lo que interesa subrayar aquí es que el eje articulador entre monumentos y cordilleras se sustentó en dos ideas básicas: primera, que “Las facultades humanas se desenvuelven con mayor facilidad ahí donde el hombre, instalado en un suelo menos fértil, y forzado a luchar contra los obstáculos que le opone la naturaleza, no sucumbe en esta lucha prolongada.” (Vistas, traducción Labastida, p. 13)[15] y, segunda, que el “progreso” de las culturas americanas asentadas en las cordilleras coincidía con formas de “gobiernos, que no favorecían la libertad individual.” (Vistas, traducción Labastida, p. 13).

Se aprecia aquí la posición que adopta el autor frente a las ideas en boga en la época sobre el determinismo geográfico: por una parte rechaza que las características del entorno fueran los únicos elementos explicativos de las pautas culturales de una población, pero, por otra, les reconoce un muy fuerte impacto, que en cierto momento raya con el determinismo. Pero además, es necesario tener en cuenta que Humboldt comparte una perspectiva propia de su época y que incluso tiene bastante aceptación en nuestros días, al considerar que existen grupos más y menos civilizados. Esta aproximación, propia del “renacimiento”, del pensamiento “ilustrado” y, en general, de sociedades o grupos sociales entre los que predomina el etnocentrismo, lleva a establecer una marcada diferenciación entre un “nosotros”, por definición “cultos” o “civilizados”, y “otros”, distintos a “nosotros”, que se califican de “salvajes”, “primitivos”, “rústicos”, “groseros”. Tal perspectiva y, en particular la que manejó Humboldt, establecía unas gradaciones intermedias entre los grupos que se considerarían más “civilizados” y los más “salvajes”, lo que, a su vez, reflejaba su mayor o menor grado de “inteligencia” (Vues, p. 3). En este sentido los monumentos permitirían apreciar el tránsito (y en este sentido el avance) progresivo y uniforme del espíritu humano, así como la íntima relación existente entre su estructura y el grado de inteligencia de los hombres más o menos alejados de la civilización (Vues, pp. 2 y 3).

Sobre la base de esa diferenciación entre grupos más cercanos o alejados de la “civilización”, afirma que el impacto del entorno sobre la organización social tiene mayor peso en los grupos “más alejados de la civilización” (Vues, p. 3). En ese sentido, para Humboldt, se presentaban diferencias entre los pueblos americanos, tanto en el tiempo como en el espacio, punto de vista bastante común, incluso en nuestros días, pero en buena medida paradójico, en la medida en que coloca en diversas posiciones –atrás, adelante– a grupos que viven en un mismo tiempo.[16] En esa medida se posiciona, valora, y agrada o degrada, en términos morales, la diferencia. Lo diferente no es tanto diferente, sino algo que está “atrás” o “adelante” y, en esa medida, se valora como mejor o peor en términos del progreso del “espíritu humano”. A su vez el concepto mismo de “progreso”, semánticamente asociado con movimiento y en esa medida con una espacialidad, se coloca como un “adelante”, haciéndolo de esta manera por definición deseable, independientemente de sus contenidos específicos. De esta manera puedo colocarme a mí mismo y por extensión a mi cultura como la manifestación de “progreso” y a la del “otro” como la que no ha “llegado” a ese “lugar”, a esa posición.

Figura 4. Calendario Muisca
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Figura 5. Cara tallada en piedra, Muisca
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Pero de alguna manera Humboldt introduce una fisura en el anterior argumento. Señala que en lo que tiene que ver con las culturas nativas americanas sus investigaciones sobre las gentes indígenas de América se inscribían en las nuevas corrientes de finales del siglo XVIII que analizaban las civilizaciones y lo que limitaba o favorecía su progreso, independientemente de que siguieran modelos griegos o romanos (Vues, pp. II y III). De esta manera se plantea la idea de que no existe un único camino que sea necesario seguir y que modelos distintos a los griegos y romanos pueden también “alcanzar” la “civilización”. En cualquier caso aclara que su uso de apelaciones tales como monumentos del Nuevo Mundo, progreso de las artes, del dibujo y de la cultura intelectual no deberían llevar a pensar que estaba describiendo lo que se denominaría vagamente como civilizaciones muy avanzadas, si bien reconocía que era muy difícil comparar naciones que seguían rutas muy distintas de “perfeccionamiento social” (Vues, p. XV). Introduce así una idea de diversidad, que de alguna manera matiza esos parámetros de avance y retroceso, de más o menos “civilizados”, que se introducen frecuentemente a lo largo de la obra. Sugiere este matiz que al momento de hacer el planteamiento sistemático sobre esa idea tan común sobre cercanía o lejanía de la “civilización”, su posición presentaba cierta ambigüedad, que si bien no le llevaba a transformar esa idea de más o menos “civilizados”, tampoco le permitía argumentarla en forma sólida. La fisura de la diversidad quedaba abierta, aunque no fue explorada y llevada más lejos por Humboldt.

De cualquier forma, como ya se ha señalado, para Humboldt los grupos americanos con los que entró en contacto presentaban diferencias en lo que él consideraba como su grado de “civilización” y de la misma manera, esos grupos con los que entró en contacto diferían en su grado de “civilización” de sus ancestros. Estas dos diferenciaciones ocupan un lugar central en lo que tiene que ver con la selección de los sitios y monumentos representados en las láminas, que es explícitamente formulado por Humboldt. En primer lugar, los monumentos de los pueblos indígenas de América son calificados por él en términos generales como grossiers, término que puede ser traducido como basto, natural, salvaje, primitivo, grosero, ordinario. Pero, como ya se ha anotado, no todos los pueblos serían igualmente “salvajes”: “Los únicos pueblos americanos entre los que encontramos monumentos dignos de notar, afirma, son de gentes de las montañas.”[17] (Vues, pp. 3 y 4). Estos pobladores, aislados en sus alturas, no admirarían en la soledad “de sus desiertos” sino aquello que acaparara su atención por el volumen o magnitud de las masas y “así señala sus obras el sello de la salvaje naturaleza de las cordilleras.”[18] (Vues, p. 4). Se reitera así que las cordilleras y algunos de los pueblos que las habitaron, como Muiscas, Ingas y Mexicanos, constituyeron entonces el eje que articuló las vistas con los monumentos indígenas. Pero aquí es necesario introducir ciertos matices, al menos para el caso colombiano. En primer lugar, los “progresos” de los Muiscas son para Humboldt un problema de un pasado que ya no estaba vigente cuando realizó su viaje. En segundo lugar, las vistas que se presentan no corresponden a los sitios donde se reportaron mayores concentraciones de población en el período Muisca tardío o a lo largo del período colonial, sino lugares que presentan características particulares y, en varios casos, tuvieron una significación especial, mítica o ritual, para los Muiscas.

Figura 6. Salto del Tequendama
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Figura 7. Laguna de Guatavita
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Puede decirse entonces que son precisamente las grandes escenas del entorno cordillerano a las que dedica mayor atención: las montañas, los valles que las rodean y las imponentes cascadas que se forman por la caída de sus torrentes (Vues, p. 4). Su interés en estas vistas, precisó Humboldt, se centraba más en la representación exacta de sus contornos, que en su efecto pintoresco (Vues, p. 4). Estos dos elementos, el gran volumen de las masas y la “representación exacta” de los contornos, como veremos, se expresan en las láminas analizadas. En lo que tiene que ver con el ideal de la representación exacta, Mattos precisa que para Humboldt no todos los tipos de pintura paisajística resultaban de utilidad para la ciencia. Bajo la influencia de Goethe, Humboldt se habría ubicado en medio de dos tendencias de pintura paisajística desarrolladas en el siglo XVII: el paisaje ideal, que proporcionaba una visión idílica del mundo natural, y la “Veduta”, entendida como el registro fiel de un segmento específico de la naturaleza, que no se trataba de idealizar.[19] Como sea, es necesario resaltar que tanto el paisaje ideal, como la veduta, constituyen tipos de representaciones producidas culturalmente y, en esa medida, su “realismo” depende de unos criterios relativos que son los de la cultura misma en la cual se inscriben. En otras palabras: una representación considerada realista por una cultura, puede no serla para otra.

Las láminas sobre el actual territorio de Colombia

Figura 8. Puente de Icononzo
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Figura 9. Volcanes de aire de Turbaco
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Según la clasificación que hizo Humboldt de las láminas relativas al actual territorio colombiano, dos de ellas representan monumentos (el calendario y la cabeza esculpida Muisca, Vues, láminas 44 y 66, véanse figuras 4 y 5), y las seis restantes se centran en las vistas pintorescas (Vues, p. IV). La contextualización de las imágenes y su análisis a la luz de los textos que las acompañan llevan a matizar esta clasificación. Si bien tanto el Salto del Tequendama, como la Laguna de Guatavita y el Puente Natural de Icononzo (Vues, láminas 6, 67 y 4; véanse figuras 6, 7 y 8) constituyen “vistas pintorescas”, su asociación con la mitología o con la población Muisca, expresamente señalada por Humboldt en los textos que acompañan las láminas, hace que no estén desconectadas de las láminas relativas al calendario y a la cara Muisca grabada en piedra. Desde esa perspectiva se puede afirmar que cinco de las láminas están asociadas con la cultura Muisca. Otras dos si bien no se centran en monumentos de poblaciones americanas o en su mitología, de alguna manera remiten a la población amerindia, ya sea por su inclusión en la imagen, como es el caso de la lámina de los volcanes de aire de Turbaco (Vues, lámina 41; véase figura 9), o por señalar como población habitante del área a los nativos, en el caso de la lámina de la cascada del río Vinagre (Vues, lámina 30; véase figura 10). La lámina relativa al paso del Quindío (Vues, lámina 5; figura 11) sería la única que no se vinculó con la población nativa, a pesar de lo cual, la inclusión del tema de los cargueros de alguna manera dirige la atención a prácticas de transporte amerindias.

Las láminas vinculadas con la población Muisca

Figura 11. Paso del Quindío
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Figura 10. Cascada del río Vinagre
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Para Humboldt el calendario lunar grabado con signos jeroglíficos en una piedra (fig. 2 de la lámina 44) era un monumento digno de desatacar, tanto por la intercalación empleada para colocar el principio del año en la misma época, como por pertenecer a un pueblo que era casi desconocido en Europa y al que se confundía con “hordas errantes y salvajes de la América meridional”[20] (Vistas, p. 265). Se aprecia aquí cómo la valoración del monumento se hizo desde una doble perspectiva: el fenómeno en sí mismo y el conocimiento que del mismo se tuviera en Europa, reiterando en forma implícita que el texto estaba dirigido al público europeo, con lo que se evidencia lo ya señalado sobre los objetivos de la obra en el sentido de reactualizar la imagen de América que se tenía en Europa. Humboldt precisó que el calendario había sido encontrado y analizado por José Domingo Duquesne (1745-1821), párroco de un poblado indígena,[21] quien ganó la confianza de los descendientes de los Muiscas, por lo que trató de reunir las tradiciones que se habían conservado acerca del estado de las regiones antes de la llegada de los españoles. Duquesne elaboró una memoria sobre el calendario Muisca que dedicó a Mutis, quien en 1801 la entregó a Humboldt. Este último precisó que su descripción del calendario Muisca se basaba, en buena medida, en esa memoria y que había recibido autorización de Duquesne para hacer dibujar la piedra que se presentaba en la lámina (Vistas, p. 265; véase figura 12).

La memoria sobre el calendario de los Muiscas de Duquesne,[22] así como las elaboraciones analíticas que se hicieron a partir de los trabajos de este autor cayeron en descredito durante los siglos XIX y XX. Otras rocas grabadas fueron reportadas, pero algunas de ellas se consideraron como moldes utilizados por los orfebres para producir figurillas en serie. Se descartó igualmente que los Muisca tuvieran escritura, idea que se derivaba de la asociación entre número y valor simbólico en el calendario (véase figura 13: imagen 4, de la lámina 44).

Figura 12: primera imágen de la lámina 44
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Figura 12: segunda imágen de la lámina 44
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Figura 13: imagen 4, de la lámina 44.
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Recientes estudios, sin embargo, sugieren que el calendario tiene mucho más sentido del que le atribuyeron sus detractores.
[23] Indican que no fue producto de la imaginación de Duquesne, como argumentó el político e historiador decimonónico Vicente Restrepo,[24] sino que la interpretación que hizo el sacerdote de la información que recibió de pobladores Muisca utilizando modelos de pensamiento de corte “Occidental” tornó confusa la información que le fue dada. Sobre esta base su análisis fue malinterpretado por la generación de estudiosos que le sucedió.[25] Los recientes avances de la etno–astronomía, así como el acopio de material arqueológico como el que se presenta en la figura 14, y cuya interpretación y contextualización dentro del calendario Muisca adelanta Izquierdo, han encontrado fundamentos para darle continuidad al trabajo iniciado por Duquesne y divulgado por Humboldt.

Figura 14: Piedra (lidita negra) Muisca grabada de Choachí (Cundinamarca), Museo Nacional de Colombia, (ICAN42-VIII-3920). Fuente: Izquierdo Peña, Manuel Arturo, “The Muisca Calendar”, figura 4.3, p. 67.
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Precisamente sobre el calendario Humboldt precisó que se atribuía a Bochica. Este personaje, que había reglamentado el tiempo (Vistas, p. 267), era muy importante dentro de la mitología de los indios Muiscas o Mozcas (Vistas, p. 39, Vues, p. 20). Se conocía bajo tres nombres distintos: Bochica, Nemquetheba y Zuhé y se le atribuía haber enseñado a la población a vestirse, construir cabañas, trabajar la tierra y vivir en sociedad (Vistas, p. 38), es decir, lo que, en términos de Humboldt, habría marcado el tránsito entre la “barbarie” y la “civilización” de estos pobladores. El hombre, llegado del oriente, estaba acompañado por una mujer, también conocida con tres nombres: Chia, Yubecaiguaya y Huithaca, de singular belleza, pero extraordinariamente mala (Vistas, p. 38). Dotada de artes mágicas, contradijo a Bochica en lo que éste hizo para beneficiar a los hombres (Vistas, p. 38). Hizo crecer el río Funzha, cuyas aguas inundaron el valle de Bogotá, lo que hizo perecer a la mayor parte de sus habitantes (Vistas, p. 38). Bochica, irritado, transformó a Chia en luna, y rompió las rocas que cerraban el valle de Bogotá, por el lado de Canoas y Tequendama, con lo que al tiempo que formó el salto del Tequendama (véase lámina 6; figura 6, ya citada), cuyas rocas, dice Humboldt, “parecen haber sido talladas por la mano del hombre”, hizo habitable de nuevo el valle de Bogotá (Vistas, p. 38).

Otra vista en la que se destacaban rocas y peñascos que, para Humboldt, “parecen tallados por la mano del hombre” (Vistas, p. 27; Vues, p. 10), es la de los puentes naturales de Icononzo o de Pandi (véase lámina 4, figura 8). El nombre de Icononzo, aclara Humboldt, le viene dado de una antigua aldea de indígenas Muiscas, situada en el borde meridional del valle, de la que en ese momento no existían más que cabañas diseminadas (Vistas, p. 28). Allí el puente que permite atravesar la hondonada por la que se precipita el torrente del río Suma Paz, está formado por tres masas de rocas que, como se verá más adelante, se sostienen mutuamente formando una bóveda (Vistas, pp. 28 y 30). En la caverna abajo del puente miles de pájaros nocturnos, que Humboldt estuvo tentado a identificar como murciélagos, fueron descritos por los indígenas como cacas: animales con la corpulencia de una gallina, los ojos de un búho y el pico encorvado (Vistas, p. 29).

Figura 16: detalle incisión hecha en las montañas
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Figura 15: Laguna de Guatavita, detalle escalera
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Igualmente vinculada a los indígenas Muiscas se incluyó la lámina de la Laguna de Guatavita (lámina 67, figura 7, ya citada) cuya descripción es muy corta (Vistas, p. 327; Vues, pp. 297–8). La laguna se ha considerado tradicionalmente como un lugar importante dentro de la ritualidad Muisca, vinculada con la realización de ceremonias durante las cuales se lanzaban o dejaban caer objetos valiosos a la laguna, entre ellos figuras de oro y esmeraldas. Según Humboldt, en esa lámina resaltó los restos de una escalera que servía para la ceremonia de las abluciones, así como el boquete que se abrió, poco después de la conquista, para desecar el lago y sacar los tesoros escondidos allí por los indígenas al llegar los invasores europeos al altiplano (Vistas, p. 327), elementos ambos que se aprecian en las figuras 15 y 16, a continuación.

Estos dos elementos que resalta Humboldt resultan de gran interés ya que remiten a la pluralidad de apropiaciones culturales de un entorno cuyo carácter eminentemente cultural genera ambivalencias al ser clasificado por un sistema que disocia lo “natural” de lo “cultural”. Como se ha visto, si bien esta lámina y la del Salto del Tequendama son clasificadas por Humboldt como vistas y, en esa medida, aspectos de la “naturaleza”, el mismo Humboldt nos muestra que ambas presentan aproximaciones muy distintas al referirnos su vinculación con la mitología y con la ritualidad Muisca. Esa asociación evidencia que para los Muiscas tanto el Salto como la Laguna eran paisajes profundamente culturales y culturalizados. Su “naturalización” estaba siendo el resultado de una mirada que dentro de su sistema de clasificaciones disociaba lo “natural” de lo “cultural” y que no estaba diseñada para ver los procesos de culturalización a los que estos paisajes estaban sujetos. En el caso de la Laguna de Guatavita a su carácter de lugar de culto, reflejado en el paisaje en las escalinatas que resalta Humboldt, se añadía el mito de las infinitas riquezas escondidas y enterradas en América y que la “industria” europea podía desenterrar, simbolizadas en el boquete abierto a la laguna para desocuparla.

La última lámina relacionada con los Muiscas y que se incluye en calidad de monumento es el dibujo de una cabeza labrada en piedra dura por los indígenas Muiscas y un brazalete de obsidiana encontrado en una tumba en México (véase figura 5 ya citada). En ambos casos a Humboldt lo asombra la forma como se fabricaron estos objetos. En el caso de la cabeza observa que fue hecha en un cuarzo verde, que casi podría pasar por hornstenio, de una extrema dureza, que supone fue perforado con herramientas de cobre amalgamadas con estaño (Vistas, p. 325; véanse figura 17).

Figura 17: cabeza labrada en piedra dura por los indios Muiscas, detalles lámina 46 de Vues
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Figura 17: cabeza labrada en piedra dura por los indios Muiscas, detalles lámina 46 de Vues
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Figuras 18 y 19: figuras en tumbaga y cerámica que muestran rasgos característicos de la representación Muisca del rostro humano. Figura 18: hombre con armas, figura votiva en tumbaga, fechas límite: 600 d.C. – 1600 d.C., Guatavita, Cundinamarca, dimensiones, 8 x 4,20 cm (fuente: Botero, Clara Isabel [et al.]. Museo del Oro: patrimonio milenario de Colombia. Bogotá. Banco de la Repúlica; México. Fondo de Cultura Económica. 2007.).
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Figuras 18 y 19: figuras en tumbaga y cerámica que muestran rasgos característicos de la representación Muisca del rostro humano. Figura 18: hombre con armas, figura votiva en tumbaga, fechas límite: 600 d.C. – 1600 d.C., Guatavita, Cundinamarca, dimensiones, 8 x 4,20 cm (fuente: Botero, Clara Isabel [et al.]. Museo del Oro: patrimonio milenario de Colombia. Bogotá. Banco de la Repúlica; México. Fondo de Cultura Económica. 2007.).
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Esta cabeza, detallada en la figura 17, según Humboldt, fue hecha por los Muiscas, pero varios arqueólogos han comentado la poca semejanza de sus rasgos característicos con los que son usuales en la iconografía Muisca[26] (véanse figuras 18 y 19, de objetos de oro y cerámica Muisca). 

Entre estos rasgos característicos de la representación Muisca de la cabeza y el rostro están la forma de los ojos y de la boca, denominada usualmente por los arqueólogos como de “grano de café”, y el tipo de tocado o forma en que se dispone la cabeza y el cabello. Ahora bien, los mismos arqueólogos señalaron la semejanza de los rasgos característicos de la cabeza identificada como Muisca por Humboldt, con las formas de representación Mesoamericanas. Algunos de ellos sugirieron que su presencia en el altiplano cundiboyacense podría estar relacionada con eventuales intercambios, pero que tal posibilidad debería ser objeto de estudios detallados.

Hasta aquí lo relativo a las cinco láminas vinculadas con la cultura Muisca y con la cordillera Oriental del actual territorio colombiano (véase mapa figura 20). Como se puede apreciar, las láminas y sus descripciones remiten fundamentalmente a elementos que Humboldt considera del pasado indígena y/o que forman parte de concepciones míticas y rituales que de alguna manera se piensa ya no están en vigencia. Salvo en el caso de Icononzo, donde los indígenas Muiscas proporcionan información o son mencionados por su construcción de la barandilla del puente, en la descripción de las demás láminas aparecen sólo en el trasfondo, vinculados con un pasado lejano. En su Diario, por el contrario, se tienen más oportunidades de entrever los intercambios entre algunos indígenas que podrían ser Muiscas, Humboldt y Bonpland. Así, por ejemplo, cuando narra su ascenso al cerro de Monserrate para medir su altura, Humboldt observó:

Yo iba con uno de los pintores del señor Mutis, Matiz (de Guaduas), muy preciso en el dibujo de la anatomía de las plantas, y con un indio, Juan Esteban, que busca hierbas para la Expedición Botánica, y que merecería más se le dedicara una planta, que al ignorante y presuntuoso señor Estevez de la Habana. (Diario, ed. Academia de Ciencias, p. 53 a).

Tal vez por lo que los indígenas y otros pobladores le comentaban sobre los Muiscas su Diario aquí y allá se ve interpolado con anotaciones sobre las aldeas indígenas, sobre las plantas de Borrachera (Datura) y los usos que se le daban, sobre la Cinchona (quina) que procesaban y comerciaban los indígenas del pueblo Muisca de Facatativá, sobre los mitos indígenas, el origen indígena de la ruana o la forma como se vestían las mujeres Mozcas (Diario, ed. Academia de Ciencias, pp. 42 a –49 a). Así, mientras en el Diario el presente y el pasado indígena se interpolan permanentemente, en Vistas es fundamentalmente el pasado, la vista majestuosa o lo monumental, lo que prevalece.[27] Pero más allá de esos esfuerzos, propios de su perspectiva cultural, por interpretar lo que ve a partir de sus propios parámetros, lo que se aprecia y que resulta de gran valor en la obra de Humboldt, es que como científico y viajero entró en un diálogo con lo que fue encontrando y en ese diálogo el amerindio fue uno de sus interlocutores.[28]

 

Más allá de lo Muisca y lo monumental: la gente

Figura 20: mapa
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Pero como se aprecia en el mapa de la figura 20 ya citada, la cultura Muisca ocupaba sólo parte de la cordillera Oriental. No se alude en Vistas a monumentos de otros grupos andinos situados en esa misma cordillera o en las cordilleras Central y Occidental, ni a grupos de la vertiente Pacífica, o de los llanos y selvas del oriente. Las otras tres láminas relativas a la actual Colombia en Vistas de Humboldt, la de la cascada del río Vinagre y la del Paso del Quindío, se refieren a territorios ubicados en la cordillera Central, y la tercera, la de los volcanes de aire de Turbaco, a las Llanuras del Caribe. En lo relativo a estas láminas y a su descripción en Vistas, se aprecia una actitud un poco más lejana a la idea de monumentalidad, con lo cual la gente y su entorno empiezan a adquirir dimensiones más humanas.

Respecto a la cascada del río Vinagre Humboldt señala que al subir de Popayán hacia la cima del volcán de Puracé se pasaba por una pequeña planicie llamada Llano del Corazón, habitada por indígenas y cultivada con el mayor esmero (Vistas, p. 229). Allí el poblado de Puracé era conocido por las bellas cascadas del río Pusambio, al que los “españoles” dieron el nombre de río Vinagre (Vistas, p. 229). De las tres cascadas que se forman, la lámina representa la segunda, que fue dibujada por Humboldt “tal como se la ve desde el jardín de un indio, vecino de la casa del misionero de Puracé,” (Vistas, p. 229). Destaca el autor la planta que se encuentra en primer plano (Pourretia pyramidata), conocida como achupallas, que en su tronco tenía una pasta arenosa de alimento para el oso negro de los Andes y, en algunas ocasiones, en épocas de escasez, para los hombres (Vistas, p. 230; véase figura 21). Las aguas del río Pusambio o Vinagre, que describe como caliente, desembocaban en el río Cauca, el cual quedaba desprovisto de peces por lo menos cuatro leguas después de entrarle el río Vinagre, por cuanto sus aguas estaban cargadas de óxido de hierro y de ácidos sulfúrico y muriático (Vistas, p. 229). Aquí, como se puede apreciar, la población indígena está presente en la descripción de la lámina, si bien no en un papel central, sí como interlocutora de los viajeros. Era la población que estaba en el entorno de esta vista y con la cual se entró en comunicación para hacer el dibujo y posiblemente para obtener más información sobre las características del lugar y su vegetación.

Figura 21: Planta denominada achupallas, detalles lámina 30 de la cascada del río Vinagre.
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Figura 21: Planta denominada achupallas, detalles lámina 30 de la cascada del río Vinagre.
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Figura 21: Planta denominada achupallas, detalles lámina 30 de la cascada del río Vinagre.
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Pero en el contexto de las láminas aquí analizadas, la de los volcanes de aire de Turbaco constituye una notable excepción, no sólo porque se ubica en las llanuras caribeñas y no sobre la cordillera de los Andes, sino porque allí es el indígena contemporáneo al viaje de Humboldt el que aparece, junto con éste,[29] en el primer plano de la imagen (véase figura 22). En esta lámina a color, la única que lo tiene de las hechas sobre Colombia, las figuras humanas tienen un tamaño mucho mayor que en las otras vistas, aunque en la representación se continúa privilegiando el entorno.

En esta imagen, el nativo y el europeo, cada uno con su traje, cada uno con su cuerpo, cada uno con su estructura de conocimiento, entablan un diálogo. Si bien el europeo está en actitud de mostrarle o preguntarle algo al indígena, este último mantiene una actitud de diálogo y de intercambio entre iguales. Se trata de una actitud que contrasta con la forma servil como se representa al indígena en otros cuadros, como por ejemplo el de Friedrich Georg Weitsch (1758-1828), de Humboldt y Bonpland en la llanura de Tapi, al pie del Chimborazo (véase figura 23).

Sobre la existencia de los volcanes de aire de Turbaco, Humboldt y Bonpland habían sido informados por los indígenas del área que los acompañaban en las herborizaciones. Ellos les relataron sus tradiciones sobre el lugar, según las cuales las frecuentes aspersiones con agua bendita hechas por un cura habían hecho que los volcanes de fuego se hubiesen transformado en volcanes de agua (Vistas, p. 259). En este caso Humboldt no interpretó estas historias solamente como supersticiones de indígenas, “blancos, mestizos y africanos esclavos,”, sino que señaló que los que habían habitado largo tiempo en las colonias españolas “conocíamos mucho los cuentos extraños y maravillosos por los que los indígenas gustan de atraer la atención de los viajeros” y que en el fondo constituían “las quimeras de algunos individuos que razonan sobre los cambios progresivos de la superficie del globo,” y que “adquieren con el tiempo, el carácter de tradiciones históricas.” (Vistas, pp. 259–260).

Figura 22: Detalle lámina 41 volcanes de aire de Turbaco
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Figura 23: detalle cuadro Humboldt y Bonpland en llanura de Tapi de Friedrich Georg Weitsch (1758-1828).
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Figura 24: detalle de la lámina 41 de los volcanes de aire de Turbaco
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Pero además, esta actitud relativamente tolerante frente a las historias extrañas y maravillosas de los indígenas está en consonancia con la representación de la lámina. Humboldt precisó que el croquis sobre el cual se realizó el grabado fue hecho por uno de sus amigos, Luis de Rieux, joven dibujante que acompañaba a su padre y en cuya compañía remontaron el río Grande de la Magdalena (Vistas, p. 260). Del grabado Humboldt destaca la profusión de Bromelia Karatas (especies de orquideas) y los 18 o 20 conos de unos siete u ochos metros que se elevaban sobre la planicie (véase figura 24).

Como veremos más adelante esta vista se aleja de la majestuosidad de la cordillera y también de lo ecuatorial, a un tiempo que la representación se hace más humana; menos “realista” si se quiere, pero más libre.

Finalmente la lámina sobre el paso del Quindío parecería ser la única que se aleja del tema indígena. En su descripción Humboldt nos ubica dentro del sistema cordillerano del Nuevo Reino de Granada: sus cordilleras Occidental, Central y Oriental. Observa que el paso del Quindío no es el más frecuentado, sino el de Guanacas y se explaya en el sistema de cargueros con que opera este paso:

Algunas personas ricas que tienen, en estos climas, la costumbre de marchar a pie por caminos tan difíciles durante quince o veinte días continuos, se hacen transportar por hombres que llevan un asiento amarrado a la espalda, pues en las condiciones actuales del paso de Quindiu, sería imposible andar sobre mulas; se oye decir en este país andar a lomos de hombre (andar en carguero), como se dice andar en caballo. No hay ningún concepto humillante en el oficio de los cargueros; los hombres que lo ejercen no son indios, sino mestizos y en algunas ocasiones hasta blancos; uno se asombra con frecuencia al escuchar a estos hombres desnudos, dedicados a una profesión a nuestros ojos tan deshonrosa, disputar acaloradamente en medio de un bosque, porque uno le ha negado al otro, que pretende tener piel más blanca, los pomposos títulos de Don o Su Merced. (Vistas, p. 33).[30]

Al analizar este texto conviene tener en cuenta que salvo en el sur, donde se utilizaron llamas y alpacas como animales de carga, en América prehispánica los intercambios se hicieron transportando los productos por vía acuática (ríos, lagos, mar) o cargándolos a “lomo de hombre”. En los tiempos previos a la invasión del siglo XVI la actividad comercial no necesariamente y muy probablemente no tuvo una connotación negativa, sino por el contrario, se trataba de una especialización que significaba gran distinción para quienes la practicaban.[31] Como lo intuye Humboldt la profesión era honrosa o deshonrosa no en sí misma, sino según los parámetros culturales en que estuviera inserto quien la juzgaba. El que se tratara de un trabajo deshonroso para Humboldt, no era impedimento para que entre los cargueros se cuidara con celo la honra, entendida dentro de sus propios parámetros. Pero además no tenemos claridad sobre las formas en que los cargueros se percibían a sí mismos frente a los cargados. Humboldt detectó que entre los cargueros se manejaba un sentido de “honor” bastante marcado y no resulta improbable que se vieran a sí mismos como superiores a los cargados, que por el hecho de aceptar ser cargados asumían implícitamente menor fuerza corporal y manejo del entorno. Se aprecian de esta manera una serie de juicios de valor que están en juego en la descripción de esta lámina, algunos de los cuales tienen que ver con las prácticas de las poblaciones amerindias, así no fueran éstas las que tuvieran a cargo el transporte en el caso del Quindío (véase figura 25).

Figura 25. Detalle lámina 5, paso del Quindío
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Figura 25. Detalle lámina 5, paso del Quindío
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Figura 25. Detalle lámina 5, paso del Quindío
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Se puede observar en esta lámina no sólo el conflicto entre aproximaciones culturales en un momento histórico específico, sino algo que Humboldt señala con frecuencia tanto en el Diario, como en Vistas: la forma como los migrantes europeos acogieron e incorporaron prácticas culturales de la población nativa americana. No es que Humboldt vea esta incorporación de lo americano con buenos ojos, por el contrario, considera que los migrantes no lograron imponer la “civilización” en los territorios a los que migraron:

Los recién llegados aprendieron a construir las casas de los indios, aprendieron su cocina, a preparar jugos fermentados, a dormir en hamacas, a sentarse en las sillas curiosamente reclinadas y bajas, en butacas, a hacer ollas sin torno, a cocinar sin horno, a construir canoas; (....), y ellos mismos, los españoles, no compartieron nada de su propia cultura europea, ya de todas maneras reducida, no introdujeron ni el torno alfarero, ni el arado, ni el horno para quemar cerámica. (Diario, ed. Academia de Ciencias, p. 7 a).

Se inscriben estas quejas en el contexto de la valoración crítica que se hace sobre España y su papel en América, en un momento en que su hegemonía se tambaleaba y la legitimidad de su monopolio sobre Hispanoamérica le era disputado por otras potencias.[32] En ese orden de ideas se valoraba lo amerindio, se criticaba el dominio español y se dejaba en entredicho al mestizo y, en especial, al criollo eurodescendiente, por su ignorancia. América no había sido incorporada a la “civilización” europea. Pero además, la anotación de Humboldt cuestiona las visiones promovidas por algunos eurodescendientes criollos, en el sentido de que la invasión no implicó la imposición automática de los sistemas de significaciones, valores y prácticas europeas, sino un intercambio mucho más complejo, en el que la adopción de prácticas y valores nativos jugó un papel importante. De la misma forma no se puede seguir considerando a la literatura de viajeros o producida por viajeros, como el producto de una percepción unilateral del entorno. El viajero entra en contacto con un entorno nuevo, que con frecuencia percibe como particularmente difícil y agreste, pero además con frecuencia entra también en contacto con personas para las cuales ese es su entorno “natural” y probablemente resulta mucho menos agreste que el entorno del que proviene el viajero.

Así, entre los muchos aspectos que resultan de interés en lo que tiene que ver con los viajeros en general, y en este caso con Humboldt en particular, uno que cabe resaltar es la forma como incorporaron dentro de su propio sistema de significados la información que obtuvieron a lo largo de su travesía. A un tiempo, cómo esas informaciones y esas otras formas de aproximarse a los fenómenos, desde otro sistema de significación y de praxis, pusieron en cuestionamiento y llevaron a transformar permanentemente el sistema de valores y las creencias de los viajeros. En el caso de Humboldt son múltiples los trabajos que resaltan el impacto de su obra en América, en particular entre las élites intelectuales de la época, así como sobre las aproximaciones científicas europeas. Pocos trabajos, sin embargo, se detienen a mirar la forma como Humboldt se relacionó con el conocimiento de los nativos que habitaban los sitios por donde realizó sus viajes, a pesar de que estos intercambios se mencionan e ilustran con frecuencia en sus Diarios y en Vistas.[33]

Esta actitud contrasta con la de varios eurodescendientes criollos que tratan de distanciarse al máximo de la población nativa, negando explícitamente la asimilación de sus conocimientos, incluso cuando implícitamente muestran que la incorporan. En este sentido el ejemplo de Tadeo Lozano, un ilustrado neogranadino del que aparecen publicaciones en el Semanario, resulta de utilidad:

Pero el éxito de mis indagaciones no ha correspondido a lo que de ellas me prometía, tanto por la dificultad casi insuperable de aclarar muchos hechos relativos a la historia de nuestras serpientes, y hacer por mí mismo una infinidad de observaciones en cada especie, cuanto porque, como es natural, los campesinos zafios que ignoran el modo de explicarse y carecen de criterio para despreciar patrañas y preocupaciones en que quedan como anegadas sus noticias, saben más y tienen más experiencia en esta materia que los hombres instruidos que pudieran hablar con facilidad y discernimiento.[34]

Aquí lo nativo desaparece y queda en su lugar un campesino “zafio” que es el que realmente sabe sobre el tema. Tal vez en este contexto deban entenderse las críticas de que fueron objeto otros trabajos de neogranadinos que visibilizaron lo amerindio, como el de Duquesne sobre el calendario Muisca. Pero además, paradójicamente Lozano, que ignora lo que el “campesino zafio” sabe, aprende de éste, si bien puede calificarlo de “ignorante”.

De cualquier forma debe tenerse en cuenta que el problema no era de voluntades ni de bondades, sino de relaciones de poder. En la posición en que estaba Humboldt visibilizar al nativo, su conocimiento y sus herencias culturales no implicaba peligro alguno. Por el contrario, lo fortalecía frente al criollo eurodescendiente con el que se estaban negociando las nuevas percepciones y relaciones de poder entre América y Europa. Lo opuesto sucedía en el caso de los criollos eurodescendientes, quienes buscaban fundamentar su poder en el hecho de definirse a sí mismos como europeos:

Entiendo por europeos, no sólo los que han nacido en esa parte de la tierra, sino también sus hijos, que, conservando la pureza de su origen, jamás se han mezclado con las demás castas. A éstos se conoce en la América con el nombre de Criollos, y constituyen la nobleza del nuevo continente cuando sus padres la han tenido en su país natal.[35]

Para muchos de ellos, precisamente por su cercanía con lo nativo, resultaba vital diferenciarse de ese sector y presentarse como europeos. Para el europeo lo contrario era lo rentable. Uno y otro estaban negociando su posición de poder, pero no con las mismas cartas. Las de un europeo ya estaban prácticamente legitimadas por el hecho de pertenecer a ese lugar; las del eurodescendente criollo, por el contrario, estaban en la mesa de negociación. Sobre esa base Humboldt podía afirmar, sin mayores dificultades:

Los indios son los únicos geógrafos de las Indias. A fuerza de correr y abrir caminos se forman claras sobre la situación y aún sobre la distancia de los lugares. Comprenden muy fácilmente las líneas que uno traza en el suelo, cuando uno tiene cuidado de colocarlas en su verdadera situación con respecto a los puntos de salida y puesta del sol, puntos que observan en forma muy rigurosa. Dan nombre a una veintena de caños que entran en un río y tienen una memoria geográfica prodigiosa. Gracias a ellos me fue muy fácil hacer el mapa del Orinoco. No son casi misteriosos donde desconocen la tiranía de los blancos. La desconfianza y el misterio no se conocen en Casiquiari y Tuamini. Pero cuántas dificultades para formarse una idea sobre el nombre y la situación de lugares en donde los indios han sido exterminados o embrutecidos por el comercio con los españoles. Estos desconfían de cualquier mapa impreso y, cualquier persona, sin tener ni idea, se pone a hacer mapas. Todo lo que he visto y lo que se guarda misteriosamente en las Secretarías y Obispados es mil veces peor que los mapas de D’Anville y de Bonne. Cuando en estos los errores son de 7 a 8 leguas, los mapas manuscritos tienen 20 a 30 leguas de error. (Diario, ed. Academia de Ciencias, p. 58 a).[36]

Aquí, colocar a los amerindios en una posición de igualdad en el plano científico, como los únicos geógrafos de Indias, no descalificaba la autoridad intelectual de Humboldt, ni su papel como geógrafo, pero sí el de los criollos eurodescendientes. Por exclusión, estos últimos no recibían este calificativo que, en el contexto de la época era de legitimación en el plano “conocimiento”, es decir, el que legitimaba la validez de las propias representaciones. En el texto de paso se descalificaba a España, sus conocimientos, su manejo administrativo y el papel que había desempeñado en América frente a la población nativa. La visibilización de la población amerindia podía ser el resultado de un diálogo, pero también era un argumento de poder.

 

El volumen de las masas y la representación de los contornos

Figura 26: Lámina 6, Salto del Tequendama, Vues
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Figura 26: Lámina 6, Salto del Tequendama, Vues
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Como se señaló al comienzo, Humboldt estaba interesado en plasmar el gran volumen de las masas en las Cordillera de los Andes y en representar con exactitud, desde su perspectiva cultural, los contornos de las montañas, valles y cascadas, más que en resaltar su aspecto pintoresco. El primer objetivo se expresa en el título de la obra, que centra la atención en las cordilleras y no en otras áreas del territorio americano, como podría ser la gran cuenca del río Orinoco, a la que dedicó otros escritos.[37] De las seis láminas estudiadas relativas a sitios, cinco se dedicaron a plasmar el gran volumen de las masas de la cordillera andina. El efecto se obtiene no sólo por el encuadramiento central de las montañas, cascadas o lagos, sino por la inclusión de figuras humanas y, en algunos casos, animales, que operan como escalas que llevan a dimensionar la magnitud de los sitios. Se aprecia el uso de este mecanismo en las láminas del Salto del Tequendama, la laguna de Guatavita, el puente natural de Icononzo, la cascada del río Vinagre y, en alguna medida, en la del paso del Quindío. En las cuatro primeras la inclusión de la figura humana genera un profundo contraste volumétrico con el fenómeno representado.

Veamos, por ejemplo, la del Salto del Tequendama, en la cual la inclusión de figuras humanas que operen a manera de escala fue expresamente señalada por Humboldt: “Se ha añadido al dibujo de la cascada la figura de dos hombres, con el objeto de que sirvan de escala para captar la altura total del salto.[38] (Vistas, trad. Labastida, p. 39).

Como se aprecia en esta lámina, el salto es tan imponente y grandioso, que opaca casi por completo las figuras humanas que se ubican en la parte superior, mirando hacia el fondo de la cascada. Como Humboldt lo señala estos dos observadores están ubicados a una altura de 175 metros que corresponde con la altura que le atribuyó al salto (Vues, p. 22; Vistas, p. 39). El efecto de contraste entre las figuras humanas y la magnitud del salto no parece atentar contra el principio de “fidelidad” de la lámina respecto al original. En la actualidad en ese lugar se ha colocado una imagen de una virgen que según una habitante del lugar debe tener una altura de 1.70 a 2.00 mts.[39] y, como se aprecia en las fotografías, su proporción presenta una gran similitud con la que ofrece la lámina:

Figura 27. Fotografía del Salto del Tequendama y detalle fotografía del Salto del Tequendama, abril 4 de 2009, de Marta Herrera Ángel
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Figura 27. Fotografía del Salto del Tequendama y detalle fotografía del Salto del Tequendama, abril 4 de 2009, de Marta Herrera Ángel
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Figura 28: fotografía del Salto del Tequendama, marzo 13 de 2009, de Marta Herrera Ángel
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Figura 29: fotografía del Salto del Tequendama, abril 4 de 2009, de Marta Herrera Ángel
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La imagen también parece representar en forma bastante fiel, en los términos de la representación pictórica en la que se inscribe, lo que tiene que ver con la altura, que según Humboldt es de 175 mts.
[40] En cuanto al volumen del agua que cae por el salto debe tenerse en consideración que, como el mismo Humboldt señala, es variable. Por una parte depende de la época del año, ya que se ve afectado por el caudal del río Bogotá o Funzha, algunos de los nombres con los que se conocía el río.[41] Este caudal a su vez depende de la estacionalidad hídrica que afecta a la cuenca y que se caracteriza por ser bimodal, es decir, por presentar dos temporadas de invierno –como se denomina en Colombia la época de abundantes lluvias– y dos de verano –es decir, de escasas lluvias– a lo largo del año. De otra, hacia mediados del siglo XX, con la construcción de la represa del Muña y el desarrollo de proyectos de generación hidroeléctrica que utilizaron las aguas del río Bogotá, antes y después de que se precipite por el salto, su caudal se ha visto significativamente modificado. Por los anteriores motivos es difícil tener una idea precisa del volumen de aguas que observó, midió y representó Humboldt en la lámina sexta, correspondiente al salto del Tequendama. Según lo que señala en su Diario visitó el salto el 27 de agosto, a comienzos de la segunda ola invernal que se presenta en el año, cuando su caudal no estaba en el punto más alto:

Figura 30: comparación lámina del Salto del Tequendama y fotografía del mismo
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Figura 30: comparación lámina del Salto del Tequendama y fotografía del mismo
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cuando el río está poco profundo (y así lo ví yo), el espectáculo es más bello. La pared de la roca por la que se precipita el río tiene dos salientes, un escalón a 5 toesas de profundidad y el segundo a 30. Cuando el nivel de las aguas está más bajo, las aguas se precipitan verticalmente cerca a la pared, y la caída de escalón en escalón se asemeja entonces a una verdadera cascada. En la parte superior de la caída se ve el agua dividida en hilos plateados en forma de perlas, pero a unas 50 toesas de profundidad la evaporación de la espuma presenta un espectáculo de tal belleza como no he visto en ningún lugar, (...). (Diario, ed. Academia de Ciencias, pp. 68 a y 69 a).

Si bien, por lo anteriormente anotado, es difícil actualmente obtener una imagen fotográfica comparable a la de la lámina, un par de fotografías tomadas este año de 2009, con pocas semanas de diferencia, aunque desde un ángulo un poco distinto al de la lámina, permiten apreciar los grandes cambios que opera el panorama del Salto, dependiendo del volumen de agua con que corra el río Bogotá:

Esas fotografías, a pesar de las diferencias de ángulos anotadas, permiten apreciar así mismo la gran semejanza estructural que presenta la lámina con la representación fotográfica del salto (véase figura 30). Se observa sí, que a medida que el caudal disminuye, a un nivel probablemente muy inferior al que pudo apreciar Humboldt, se hacen visibles más salientes o escalones que los que él pudo apreciar. 

En otras dos láminas, la del puente natural de Icononzo y la laguna de Guatavita, se observa este esfuerzo por mantener la máxima fidelidad con el original, nuevamente, en los términos de la representación pictórica en la que se inscribe, y, a un tiempo, destacar su volumen mediante la inclusión de figuras humanas. En ambos casos el tamaño humano marca un fuerte contraste con el del sitio que se representa. En el puente natural de Icononzo un grupo de personas, al parecer indígenas o campesinos, por lo que se aprecia de su indumentaria, se dirigen hacia el puente, precedidas por animales, mientras que otras dos lo están cruzando, pero su reducido tamaño casi que las hace pasar desapercibidas, al punto de llevar a confundirlas con las cañas que cercan el puente (figura 31). Su ubicación no es gratuita y busca resaltar la construcción de una baranda a lado y lado del puente. En la descripción de la lámina Humboldt observa que: “Los indios de Pandi han formado, para la seguridad de los viajeros, una pequeña balaustrada de cañas (por cierto, muy raras en este país desértico), que se prolonga hacia el camino por el que se llega al puente superior.”[42] (Vistas, trad. Labastida, p. 29; mi subrayado). Se aprecia aquí, al igual que como lo veremos respecto a otras láminas, la visión relativamente contradictoria entre la presencia humana que se hace evidente, sea en la lámina, sea en la descripción, y la anotación sobre el carácter desértico y en esa medida solitario del lugar y por extensión de buena parte del país.

Figura 31: Lámina del Puente natural de Icononzo y detalles de la misma
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Figura 31: Lámina del Puente natural de Icononzo y detalles de la misma
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Figura 31: Lámina del Puente natural de Icononzo y detalles de la misma
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Adicionalmente respecto a la lámina del puente de Icononzo Humboldt precisa que hizo el dibujo en la parte septentrional del valle, desde donde se apreciaba de perfil el arco (Vistas, ed. Labastida, p. 30, lam. IV), lo que está ya indicando uno de sus puntos de interés en esta vista. En efecto, lo que llama la atención de Humboldt en el valle de Icononzo o de Pandi es “la forma extraordinaria de sus peñascos que parecen tallados por la mano del hombre.” (Vistas, ed. Labastida, p. 27) y, en ese contexto, el denominado puente natural de Icononzo. Describe Humboldt que el centro del valle lo ocupa la profunda hondonada por la que se precipita el río Suma Paz (Sumapaz), torrente cuyo cruce sería muy difícil “si la naturaleza misma no hubiera formado sobre él dos puentes de roca que son vistos en el país, y con razón, como una de las cosas más dignas de llamar la atención de los viajeros.” (Vistas, ed. Labastida, p. 28). Allí, tres piedras caen “tan maravillosamente, de tal manera que la del medio es sostenida por las laterales, de la misma forma como el puente superior puede ser continuación de la misma roca que está junto. Y con todo, esto es verídico.” (Diario, ed. Academia, p. 79 a). La lámina permite visualizar lo que difícilmente resulta comprensible a partir de un texto explicativo:

Figura 32: Detalle lámina del Puente natural de Icononzo
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De la misma manera, en la laguna de Guatavita los dos grupos de personas y los animales que aparecen en los primeros planos de la laguna resultan insignificantes, al punto que algunos de ellos difícilmente pueden identificarse.

Pero lo que Humboldt resaltó en su descripción de la lámina, que es muy corta, fue la escalera “que servía para la ceremonia de las abluciones,” (Vistas, trad. Labastida, p. 327) y la incisión que se abrió en la montaña con el fin de desecar el lago, para acceder a los tesoros escondidos allí por los indígenas a la llegada de Quesada al altiplano (Vistas, trad. Labastida, p. 327). Estas breves anotaciones nos remiten a la vinculación entre la laguna de Guatavita y las prácticas culturales Muiscas, a la que alude Humboldt señalando que era muy nombrada en los mitos indígenas y que a ella “los príncipes de antaño sacrificaron tantos tesoros...” (Diario, ed. Academia, p. 59 a y 43 a).

En lo que tiene que ver con la relación entre la lámina de la laguna de Guatavita y el texto algo que llama la atención es la descripción de Humboldt del lugar como “salvaje y solitario”. De una parte, la idea de que se trata de algo “salvaje” y en esa medida “natural” contrasta con lo que nos señala sobre los ritos que allí se habían practicado y que subraya el carácter eminentemente cultural del lugar. De otra parte en la representación de Humboldt aparecen cabezas de ganado, cuya proximidad con los humanos indicaría su domesticidad y sugeriría que no se trataba de un paraje “solitario”. Esta aparente contradicción llama la atención sobre los contrastes que observa Humboldt entre los patrones de poblamiento americanos y los europeos. Refiriéndose a Fusagasugá, al suroccidente de Bogotá, señaló: “La mayoría de las casas son o están dispersas y esta dispersión hace que América aparente estar más habitada que Europa. Se viaja por las consabidas provincias (a excepción de los Llanos, que están tan desiertos como el mar), no más de una hora, sin dejar de encontrar casas.” (Diario, ed. Academia, p. 77 a). Estas observaciones, desde ya, indican que hay que ser muy cautos al interpretar sus anotaciones sobre “desiertos” y “soledades” y que el calificativo puede tener más que ver con el fortalecimiento de una ideología sobre un continente rico y al tiempo poco habitado, en el que la huella humana era mínima y que, en esa medida, estaba abierto a Europa y al nuevo colonialismo que estaba en proceso de erigirse.

En la cascada del río Vinagre la inclusión de la figura humana al tiempo que sirve de escala, resalta la dimensión del lugar, aunque el contraste no es tan marcado como en los casos anteriores.

Figuras 33 y 34: Figuras en la lámina de la laguna de Guatavita y detalles figuras en la lámina de la laguna de Guatavita
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Figuras 33 y 34: Figuras en la lámina de la laguna de Guatavita y detalles figuras en la lámina de la laguna de Guatavita
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Figuras 33 y 34: Figuras en la lámina de la laguna de Guatavita y detalles figuras en la lámina de la laguna de Guatavita
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Figuras 33 y 34: Figuras en la lámina de la laguna de Guatavita y detalles figuras en la lámina de la laguna de Guatavita
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Figuras 33 y 34: Figuras en la lámina de la laguna de Guatavita y detalles figuras en la lámina de la laguna de Guatavita
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Figuras 33 y 34: Figuras en la lámina de la laguna de Guatavita y detalles figuras en la lámina de la laguna de Guatavita
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Figura 35: Lámina Cascada del río Vinagre y detalle de la misma
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Figura 35: Lámina Cascada del río Vinagre y detalle de la misma
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Pero las figuras humanas, al igual que las animales –aves o ganado– además de operar en las láminas a manera de escala, para resaltar el tamaño y la majestuosidad de las vistas, asumen actitudes distintas que conviene destacar. Mientras en la lámina del puente de Icononzo, se trata al parecer de usuarios indígenas o campesinos que poco se preocupan por la majestuosidad o las características del lugar, en las láminas del Salto y en la de la cascada del río Vinagre, las figuras humanas aparecen como observadores que están en posición de contemplar una dimensión o perspectiva del lugar distinta a la que se ofrece al observador de la lámina. Desde cierta perspectiva pueden considerarse como lo grandioso que no se muestra, lo que queda oculto a quien sólo tenga acceso a la lámina. En el caso del Salto del Tequendama, algunas anotaciones del
Diario de Humboldt permiten aproximarnos a esa vista que se sugiere en las láminas:

Desde la altura junto a Chipa (...) se tiene una excelente vista. Debajo se observa un precipicio del que, semejante a un holocausto, ascienden espesas nubes (el salto) y en la azul lejanía se divisa la tierra caliente la cálida llanura de la mesa de Juan Díaz, del Tigre... Aquí se tropiezan los más diferentes climas. Uno mira, rodeado de encinas, en una atmósfera en lo (sic) que el termómetro desciende hasta 0° Réaumur, a una llanura de palmas en la que crece caña de azúcar, plátano... Y desde Chipa hasta Tigre se puede calcular una distancia de apenas 2.500 toesas en línea recta (por elevación). Yo he visto cascadas más ricas en agua y sin embargo, nunca observé sobre ninguna un nubarrón tan permanente y espeso como sobre el Tequendama (...).

(...) El aspecto del salto es infinitamente bello. Yo lo vi primero de lado, cuando me coloqué estirado sobre el banco de arenisca que el río deja en parte seco [en el lugar donde aparecen las figuras humanas que operan a manera de escala]. Posteriormente lo observé por delante a alguna distancia. (...), pero yo creo que no existe ninguna caída de agua de esta altura por la que se precipite tanta agua y en la que se evapore tanta. El aspecto es en realidad más bello que aterrador. (Diario ed. Academia de Ciencias, pp. 67 a y 68 a).

Y en Vues precisa: “(...); a esos iris que brillan con los más bellos colores y que cambian de forma a cada instante, a esa columna de vapores que se eleva como una densa nube”[43] (p. 21). El efecto de esas espesas nubes que impresionaron a Humboldt genera adicionalmente una permanente variación en el paisaje, por minutos despejado, y poco después cubierto totalmente, al punto en que es difícil vislumbrar la caída de las aguas, como se aprecia en la siguiente serie de fotografías, tomadas en abril de 2009 (figuras 36 y 37).

Figuras 36 y 37: Fotos Salto del Tequendama, abril 4 de 2009, Marta Herrera Ángel
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Figuras 36 y 37: Fotos Salto del Tequendama, abril 4 de 2009, Marta Herrera Ángel
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Figuras 36 y 37: Fotos Salto del Tequendama, abril 4 de 2009, Marta Herrera Ángel
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Figuras 36 y 37: Fotos Salto del Tequendama, abril 4 de 2009, Marta Herrera Ángel
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Figuras 36 y 37: Fotos Salto del Tequendama, abril 4 de 2009, Marta Herrera Ángel
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Figuras 36 y 37: Fotos Salto del Tequendama, abril 4 de 2009, Marta Herrera Ángel
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Figuras 36 y 37: Fotos Salto del Tequendama, abril 4 de 2009, Marta Herrera Ángel
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En este sentido, el de observar lo que la lámina no muestra, esas pequeñas figurillas que con frecuencia sólo se perciben en las láminas luego de una detenida observación, pueden interpretarse como una invitación a visitar el lugar, como un mensaje implícito que lleve al observador a transmutarse en viajero. Como el mismo Humboldt lo señala para el caso del Salto del Tequendama, la belleza del lugar es difícil de describir y lo es más hacerla sentir por medio del dibujo (
Vues, 21):

Cuando dije primero que el Salto de Tequendama era un espectáculo más bien gracioso, bello y amistoso, que un fenómeno que produjera terror, entonces, exceptúo la parte inferior de la caída. Al mirar hacia abajo en el estrecho abismo (apenas 30 pies de ancho), la niebla que se asemeja a nubes desgarradas, este abismo llena y oscurece el panorama de masas salvajes de roca, que como testigos de revoluciones de temblores de tierra forman el lecho del río inferior, todo esto tiene algo de atroz Aqueronte. (Diario, ed. Academia de Ciencias, p. 69 a).

Ese objetivo, el de invitar al observador a recorrer los sitios que muestra en las láminas es expresamente señalado por Humboldt:

Creería haber cumplido mi objetivo si los precarios esbozos que contiene esta obra excitan a los viajeros amantes de las artes a ir a las regiones que visité, para volver a retratar fielmente esos sitios majestuosos, que no pueden compararse con aquellos del Antiguo Continente.[44]

Figura 38: Detalles lámina de la laguna de Guatavita
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Figura 38: Detalles lámina de la laguna de Guatavita
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De otra parte en la lámina de la laguna de Guatavita los grupos de figuras humanas ofrecen actitudes contrastantes, aunque sólo distinguibles al observarlas detenidamente, dado su reducido tamaño (figura 38). De una parte, el grupo de tres personas, que por sus trajes puede colegirse se trata de hombres citadinos de estrato alto,[45] dirigen su atención hacia lo alto, al parecer hacia la abertura que se abrió para desecar la laguna con el fin de extraer el oro que de acuerdo con la tradición oral se lanzaba a las aguas de la laguna en ciertas celebraciones.[46] Otras dos personas, cuyos trajes no se alcanzan a apreciar, se ubican cerca del borde de la laguna y la observan. Podría pensarse que el grupo de tres personas, implícitamente, refleja la actitud de las elites santafereñas, cuyo interés por la laguna se centraba más que en el majestuoso paisaje, cuya apreciación se les escapaba, en las riquezas auríferas que la laguna pudiera contener, actitud que contrasta con la de las otras dos imágenes, posiblemente correspondientes a los viajeros, a quienes es el lugar y la laguna misma era lo que les causaba maravilla.

En el caso de la lámina del paso del Quindío, el interés por mostrar la imagen de los cargueros y entrar en detalles sobre la actitud de los cargados, lleva a situar las figuras humanas en una posición más cercana al observador, neutralizando así el efecto de la pequeñez de la escala humana frente a la magnitud de las montañas. Allí es la ciudad la que refleja la insignificancia de la dimensión humana frente a las colosales magnitudes de la cordillera andina (figura 39). Pero además, al considerar esta lámina, conjuntamente con la explicación que ofrece Humboldt, lo que sobresale es el esfuerzo que se hace por presentar un dibujo equiparable con un mapa. De todas maneras es factible que la armonización de la ciudad como escala y la precisión del mapa lleve a que la ciudad de Ibagué se ubique en el lado opuesto al que ocupa actualmente en el mapa. Esto se aprecia al comparar la lámina, a la que se le colocaron los nombres que indica Humboldt en sus anotaciones, con un mapa del camino del Quindío (figura 40):

Figura 39: Lámina del paso del Quindío, con las anotaciones de Humboldt sobre los lugares representados y detalle ciudad de Ibagué
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Figura 39: Lámina del paso del Quindío, con las anotaciones de Humboldt sobre los lugares representados y detalle ciudad de Ibagué
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Figura 40: Fuente: Detalle Mapa Camino del Quindío, Hernández Camacho, Jorge y Alberto Gómez Mejía, Los Andes del Quindío. Introducción a la historia natural, Bogotá, Diego Samper Ediciones, 1996, p. 153
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Otro aspecto que sobresale, al comparar esta lámina con dibujos posteriores, en particular los de la Comisión Corográfica de mediados del siglo XIX, es el interés por plasmar la forma de las montañas y, en particular, el volcán nevado del Tolima, en la parte superior izquierda. Sobre el particular Humboldt señaló que trataba de resaltar la fisonomía de las montañas, ya que le parecía de gran interés para la geología comparar las formas de las montañas en las diferentes partes del globo, así como se comparaban las formas vegetales en los climas diversos, trabajo importante para el cual se contaba con poco material (Vues, p. 41).[47]

Figura 41: detalle láminas del Caribe y de Guatavita
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Figura 41: detalle láminas del Caribe y de Guatavita
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Contrastan estas láminas que representan vistas de la cordillera de los Andes con la de los volcanes de aire de Turbaco, que se sale de los parámetros en que se enmarcan las anteriores, tanto por su ubicación en las Llanuras del Caribe y no en la cordillera, como por el papel que allí ocupan las figuras humanas. En efecto, ésta es una de las pocas imágenes en las que las figuras humanas aparecen un tanto más destacadas, tanto por su ubicación, como por su tamaño y su nivel de detalle, aunque de todas maneras empequeñecidas frente al entorno que se busca representar. Adicionalmente en esta imagen las figuras no sólo observan, sino que, como ya se señaló, acompañan esta observación con el diálogo, situación que sólo se representa en las figuras de la laguna de Guatavita, aunque su tamaño es tan reducido y su imagen tan poco detallada que este aspecto casi que pasa desapercibido (figura 41). Otro aspecto bastante notable en esta lámina es que es una de las pocas de Vues en que un viajero, Humboldt, aparece desarrollando un diálogo con la población nativa. De hecho, entre las láminas relativas a Colombia, es la única lámina en que los indígenas contemporáneos a Humboldt aparecen representados.

De los grabados considerados este es el único que fue coloreado. Según lo señalado por Humboldt, con el color lo que se habría buscado sería destacar las cumbres nevadas sobre el color del cielo: “Algunos paisajes fueron coloreados porque, en este género de grabados, las nieves se destacan mucho mejor sobre el fondo del cielo, (...)”.[48] Esta anotación general no aplicaría para la lámina de Turbaco en la que no se trataba de representar nieve y, en esa medida, el uso del color no estaría aquí en consonancia con el interés científico y la fascinación estética que representaba para Humboldt el azul celeste.[49] En este sentido sería más factible que se hubiera dado color a una vista que se alejaba del totalitarismo de los regímenes políticos cordilleranos de América prehispánica.

Conclusiones

El interés de Humboldt por vincular las cordilleras, en tanto entorno de los pueblos “civilizados”, muestra en Vistas la ambivalencia del planteamiento. Por una parte, este parámetro sólo se cumple parcialmente y, para el caso colombiano, dirigiéndose fundamentalmente a sitios de interés mítico o ritual de las poblaciones Muiscas que, a pesar de ser eminentemente culturales, son vistos como lugares donde impera la “naturaleza”. Por otra parte, de las ocho láminas son al menos tres las que no encajan dentro de los criterios de selección, ya sea porque no están sobre la cordillera andina o porque estándolo no eran parte del territorio que se consideraba habitado por la cultura Muisca. El entorno, Humboldt lo intuye, contra toda la argumentación determinista de la época, tiene un impacto importante, pero no definitivo sobre la organización social de sus pobladores. El esfuerzo por probar un punto de vista opuesto tiene un precio en la contradicción, los vacios y las inconsistencias.

Pero más allá de ese problema está el de las proporciones. El del volumen de las masas frente a los monumentos. Esa relación no es la misma en el caso mexicano, peruano o ecuatoriano. En el de la Nueva Granada es la parte volumétrica de las vistas, de los paisajes aparentemente “naturales” la que más se destaca. Sobresalen las imágenes en las que la figura humana se ve empequeñecida, al punto de resultar casi que imperceptible. El monumento más importante, si descartamos al puente de Pandi y al salto del Tequendama, porque a pesar de todas sus apariencias sus rocas parecen no haber sido forjadas por la mano humana, tiene que ver con el control del tiempo. En esa medida el calendario Muisca, al igual que el mexicano, forma parte de los logros de esos sistemas montañeses, que para Humboldt significaron la restricción de las libertades. La montaña empequeñece al hombre y el control del tiempo permite a sus jefes manipularlo. Es aquí entonces, paradójicamente, donde aparecen las llanuras del Caribe. Es ahí, en la llanura, donde la lejanía de la montaña reduce su tamaño relativo, que la representación del entorno se hace más humana, menos majestuosa y también menos ecuatorial. Parecería que es en ese entono, aunque no lo diga explícitamente en su obra, que el autor siente que los individuos pueden vivir más libres. Ahí no sólo la vista importa, el intercambio y el diálogo se hacen más notorios. Claro, sí, el europeo es el que escribe la historia, es el que muestra, pero nativo americano y nativo europeo están a un mismo nivel, de igual a igual, cada cual con su cuerpo, con su traje y con su estructura de conocimientos. Pero la balanza del poder mundial está cargada. El europeo escribe su conocimiento para Europa, ese es su escenario. Es también su conocimiento, más allá de si éste está integrado por que lo aprendió de su experiencia de viajero y de los saberes de pobladores amerindios, mestizos, afrodescendientes o eurodescendientes criollos.

Pero un problema son las intenciones de un autor y otra los resultados de una obra. Para algunos la obra de Humboldt “en la medida en que busca el establecimiento del orden natural, es una obra de carácter político en su sentido amplio y profundo.”[50] Para otros, Humboldt reinventó a la América española, en el contexto de la renegociación de las relaciones con el norte de Europa, al finalizar el dominio colonial español.[51]

En ese contexto Vistas es considerada por algunos autores como una obra que:

condensa el conjunto de argumentos que naturalizan y universalizan la conciencia que Europa se forjó de sí misma y de los otros en el marco de su proyecto colonial. Primero, el humanismo basado en el concepto de una naturaleza humana genérica y jerarquizada de acuerdo con su gradación evolutiva; segundo, la conexión entre paisaje y civilización que le da una geografía a la historia lineal del progreso humano y se extiende desde lo más primitivo en la periferia de las tierras salvajes tropicales hacia el núcleo más civilizado de la Europa urbana y temperada; y tercero, la noción de que la naturaleza sólo es la salvaje, ajena a toda cultura, lo que confina a los salvajes al estado de naturaleza.[52]

Pero tal vez algo que convendría estudiar con más detalle es el abismo que hay entre la ideología detrás de la obra de varios criollos eurodescendientes neogranadinos y la de Humboldt. Los planteamientos ideológicos no se discuten abiertamente. Las diferencias se mimetizan en el conflicto personalista entre Caldas y Humboldt[53] y se diluyen en el juego de alabanzas y manejo del prestigio entre este último y Mutis. Pero como también se ha señalado: “los criollos no se basaron en sus ideas [las de Humboldt] sobre el pasado indígena.”[54] La visión del pasado y los conflictos alrededor de éste se habían manifestado entre los eurodescendientes muy poco después de la invasión. Al igual que en el caso de la población nativa americana no había una posición homogénea. Pero en medio de todas estas contradicciones, el tema de los nativos, tanto para los criollos eurodescendientes, como para los europeos que adelantaban una política de acercamiento con América, era importante en el contexto de las imágenes mutuas que se estaban forjando. No es precisamente gratuito que Humboldt dedicara una de sus obras, Vues, a la población indígena y, como hemos visto, al entorno de los pueblos indígenas que clasificó como más civilizados. Todo parecería indicar que el argumento de fondo era el de si ya América estaba ocupada por europeos, que sería el argumento de los criollos eurodescendientes, o de si era todavía una continente “silvestre” que Europa podía redescubrir y reocupar. La apuesta de Humboldt era que ese proceso se rescatase la memoria indígena, la magnificencia de su entorno y, en últimas, la idea de una América a la que España no había incorporado a la “civilización”.

 

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Villegas, Benjamín (ed.), Cerros de Bogotá, Bogotá, Villegas Editores, 2000.


 

[1] Humboldt, Alexander de, y A. Bonpland, Vues des Cordillères, et Monumens (sic) des Peuples indigènes de l’Amérique, 2 vols., Relation Historique, Atlas Pittoresque y Planches París, Schoell, 1810. En 1816 se publicó una reedición de esta obra en un volumen, formato más pequeño, y con sólo 19 de las 69 planchas (Humboldt, Alexander de y A. Bonpland, Vues des Cordillères et monumens des Peuples Indigènes de l’Amérique, avec 19 planches, dont plusieurs coloriées. Tome premier (de l’imprimerie de J. Smith), París, A la Librairie Grecque – Latine – Allemande, 1816. Al parecer de esta edición se hizo la traducción al español publicada como Sitios de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América, traducción de Bernardo Giner, Madrid, Imprenta y librería de Gaspar, Editores, 1878, recuperado en abril 9 de 2010: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/05812796579436317427857/index.htm. De esta traducción hay una segunda edición que indica que fue cotejada y revisada con el original francés por J. de Diego y Horacio Maniglia, Buenos Aires, Solar, Hachette, 1968. En ambas ediciones de la traducción de Giner se omitieron textos relativos a las láminas por lo que deben ser utilizadas con cautela. En la década del 70 del siglo XX se publicó una edición facsímil de la primera edición de Vues des Cordillères, et Monumens des Peuples indigènes de l’Amérique de 1810 (Amsterdam, Nueva York, Theatrvm Orbis Terrarvm Ltd. y Plenum Publishing Corporation, 1971–2) y en 1995 una traducción al español de la obra completa, con sus 69 láminas: Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América (1810), 2 vols., traducción de Jaime Labastida, México, Siglo XXI Editores, 1995. Tanto la edición facsímil, como la traducción de Labastida fueron las que más se utilizaron para la elaboración de este artículo y a ellas remiten las referencias, salvo que expresamente se indique lo contrario.

[2] Se usa la palabra lámina para hacer referencia a las imágenes publicadas por Humboldt en Vues y para su numeración se utiliza la de la obra; para las referencias a las imágenes que se incluyen en este artículo se utiliza la palabra figura y su numeración es secuencial, siguiendo su orden de aparición en el texto.

[3]En general la palabra Muisca se encuentra escrita de diversas maneras; en Vues Humboldt usualmente escribió Muysca o Muyscas.

[4] Véanse, por ejemplo, los detalles del grabado de Duttenhoffer, a partir de los bosquejos de Humboldt sobre el paso del Quindío en Hernández Camacho, Jorge y Alberto Gómez Mejía, Los Andes del Quindío. Introducción a la historia natural, Bogotá, Diego Samper Ediciones, 1996, pp. 21 y 47. También es frecuente que se incluyan reproducciones de las láminas en ediciones de los Diarios de Humboldt en los que las observaciones con frecuencia refieren a las láminas, pero donde se pierde su conexión con los textos de Vues, como sucede por ejemplo en Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y Academia de Ciencias de la República Democrática Alemana (comps.), Alexander von Humboldt en Colombia. Extractos de sus Diarios, Bogotá, Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, 1982 o en Humboldt, Alexander von, Diarios de viaje en la Audiencia de Quito, Segundo E. Moreno (ed.) y Cristiana Borchart de Moreno (trad.), Quito, Occidental Exploration and Production Company, 2005.

[5]Sobre América Humboldt anotó: “... se encuentran centenares de leguas en un continente cuya población entera apenas iguala a la de Francia” (Vistas, p. 11).

[6] Las traducciones de Vues, en su mayoría, se hicieron siguiendo a la de Jaime Labastida, caso en el cual se hace la indicación correspondiente. Cuando no aparece dicha indicación las traducciones fueron hechas por mí, con ayuda de las traducciones disponibles. En el caso de citas textuales de Vues, de cierta extensión, en nota de pie de página se incluye el texto en francés.

[7]Sobre estos debates véase Gerbi, Antonello, La disputa del Nuevo Mundo. Historia de una polémica 1750–1900 (1955), 2ª edición en español corregida y aumentada, México, F.C.E., 1982.

[8] Véase, por ejemplo, la expresión de desacuerdo de Caldas con Paw, en un texto que, por otra parte, se centra en el influjo del clima sobre la organización social, Caldas, Francisco José de, “Del influjo del clima sobre los seres organizados” (1808) Obras Completas de Francisco José de Caldas (1768–1816), Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1966, pp. 79–120, p. 95.

[9] Véase Caldas, Francisco José de, “Del influjo del clima”, p. 96 y "Estado de la Geografía del Virreinato de Santafé de Bogotá, con relación á la economía y al comercio, por D. Francisco José de Caldas, individuo meritorio de la Expedición Botánica del Reino, y encargado del Observatorio Astronómico de esta capital" (1808), Obras Completas de Francisco José de Caldas, pp. 183–211, pp. 186–188.

[10] Caldas, Francisco José de, "Estado de la Geografía”, p. 188.

[11] Caldas, Francisco José de, Semanario del Nuevo Reino de Granada (1808–1810), 3 vols., Bogotá, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, 1942, T. I, pp. 61–8.

[12] Pratt, Mary Louse, Imperial Eyes. Travel writing and transculturation (1992), cuarta reimpresión, Londres Routledge, 1997, p. 111. Sobre otros viajeros financiados por gobiernos para encontrar territorios todavía desconocidos para los europeos, fundar colonias o abrir nuevas vías comerciales, probar nuevos instrumentos científicos llama la atención Faak, Margot, “Los diarios americanos de Alejandro de Humboldt”, Quipu. Revista Latinoamericana de Historia de las Ciencias y la Tecnología 13 (1), México, Sociedad Latinoamericana de Historia de las ciencias y la tecnología, 2000, pp. 25–34, p. 27.

[13] Pratt, Mary Louse, Imperial Eyes, p. 112.

[14] “Lors de la découverte du nouveau monde, ou, pour mieux dire, lors de la première invasion des Espagnols, les peuples américains, les plus avancés dans la culture, étoient des peuples montagnards. (...).

(...) Dans la partie équinoxiale de l’Amérique où des savanes toujours vertes sont suspendues au–dessus de la région des nuages, on n’a trouvé des peuples policés qu’au sein des Cordillères : leurs premiers progrès dans les arts y étoient aussi anciens que la forme bizarre de leurs gouvernemens qui ne favorisoient pas la liberté individuelle. » (Vues, p. XII).

[15] “Les facultés se développent plus facilement partout où l’homme, fixé sur un sol moins fertile, et forcé de lutter contre les obstacles que lui oppose la nature, ne succombe pas à cette lutte prolonguée. » (Vues, p. XII). Ideas similares e incluso más completas sobre este tema fueron anotadas por Humboldt en su Diario (véase, en ed. Academia, pp. 48 a y 49 a.).

[16] Sobre este problema véase, entre otros, Massey, Doreen, “Space-Time, 'Science' and the Relationship between Physical Geography and Human Geography”, Transactions of the Institute of British Geographers, New Series, 24 (3), Blackwell Publishing, 1999, pp. 261-276, pp. 271–2 y Mignolo, Walter, The Darker Side of the Renaissance. Literacy, Territoriality, and Colonization (1995), Ann Arbor, The University of Michigan Press, 2001, pp. xi–ii.

[17] « Les seuls peuples américains chez lesquels nous trouvons des monumens (sic) remarquables, sont des peuples montagnards. » (Vues, pp. 3 y 4).

[18] « (...), ils ne paroissent admirer, dans la solitude de ses déserts, que ce qui frappe l’imagination par la grandeur des masses. Les ouvrages qu’ils ont produits portent l’empreinte de la nature sauvage des Cordillères. » (Vues, p. 4). “Ellos no parecen admirar, en la soledad de sus desiertos, sino aquello que acapara la imaginación por la magnitud de su masa. Las obras que han producido llevan la huella de la naturaleza salvaje de las Cordilleras.”.

[19] Mattos, Claudia, “Landscape Painting Between Art and Science”, Erickson, Raymond; Mauricio Font y Brian Schwartz (Coords.), Alexander von Humboldt. From the Americas to the Cosmos, Nueva York, Bildner Center for Western Hemisphere Studies, 2004, publicación en línea http://web.gc.cuny.edu/dept/bildn/publications/humboldt.pdf, recuperado febrero 5 de 2009, pp. 141–156, p. 144 y nota 14. Mattos añade que para el desarrollo de esta última tendencia, que estuvo muy en boga en el norte, especialmente en Holanda, jugó un papel importante el pintor alemán Jakob Philipp Hackert (1737–1807), amigo de Goethe y al cual hacen referencia varias cartas intercambiadas entre Goethe y Humboldt (ibid, pp. 144–5). Véase también Minguet, Charles y Jean–Paul Duviols, “Una obra maestra del americanismo: Las Vistas de las cordilleras de Alejandro de Humboldt”, en Humboldt, Alexander von, Vistas, traducción de Jaime Labastida, T. I, pp. XI–XVII, p. XII–XIV.

[20] “(...) hordes errantes des sauvages de l’Amérique méridionale.” (Vues, p. 244). Según Humboldt: “Una piedra con los signos jeroglíficos del calendario lunar que representa un orden en el cual una intercalación restablece el principio del año en la misma época » : “Une pierre, chargée de signes hiéroglyphiques du calendrier lunaire, et représentant l’ordre dans lequel se fait l’intercalation qui ramène l’origine de l’année à la même saison” (Vues, p. 244).

[21] José Domingo Duquesne de la Madrid fue cura del pueblo de indios de Gachancipá, al norte de Bogotá (Velandia, Roberto, Enciclopedia Histórica de Cundinamarca, 5 vols., Bogotá, Biblioteca de Autores Cundinamarqueses, 1979-1982, T. III, p. 1188).

[22] Este y otros documentos escritos por Duquesne fueron transcritos por Izquierdo Peña, Manuel Arturo, “The Muisca Calendar: An approximation to the timekeeping system of the ancient native people of the northeastern Andes of Colombia”, Montreal, Disertación de Maestría, Departamento de Antropología, Universidad de Montreal, 2008, recuperado febrero 3 de 2009, http://arxiv.org/PS_cache/arxiv/pdf/0812/0812.0574v1.pdf, pp. 80–117.

[23] Izquierdo Peña, Manuel Arturo, “The Muisca Calendar”.

[24] Restrepo, Vicente, Los Chibchas antes de la conquista española. Atlas y anexos arqueológicos (1895), 2ª ed., Bogotá, Banco Popular, 1972, cap. 14, pp. 194–204.

[25] Izquierdo Peña, Manuel Arturo, “The Muisca Calendar”, p. 77.

[26] Agradezco los comentarios que me han hecho al respecto los arqueólogos Carl Langebaek (en el curso de varias conversaciones y correos electrónicos, a finales de 2008 y en los dos primeros meses de 2009) y Marianne Cardale, Anne Legast, Leonor Herrera, María Stella González de Pérez y Virgilio Becerra (durante la Tertulia Muisca, Bogotá, abril 24 de 2009).

[27] Como lo observó Faak, los Diarios son textos más “inmediatos y francos”, nosotros diríamos espontáneos que otras publicaciones (Faak, Margot, “Los diarios americanos”, p. 28 y p. 33 para el caso específicamente mexicano).

[28] Este tema ha sido estudiado para el caso venezolano por Freites, Yajaira, “La visita de Humboldt (1799–1800) a las provincias de Nueva Andalucía, Caracas y Guayana en Venezuela y sus informantes”, Quipu. Revista Latinoamericana de Historia, pp. 35–52. Allí también se registra lo relativo a los amerindios como interlocutores o, como los denomina la autora, informantes (véase pp. 36, 39 y 46).

[29] La identidad de Humboldt en la lámina me fue confirmada por Frank Holl, comunicación personal, Berlín, junio de 2009.

[30] « Peu de personnes aisées ayant, dans ces climats, l’habitude de marcher à pied et dans des chemins aussi difficiles pendant quinze ou vingt jours de suite, on se fait porter par des hommes qui ont une chaise liée sur le dos ; car dans l’état actuel du passage du Quindiu il seroit impossible d’aller sur des mules. On entend dire dans ce pays, aller á dos d’homme (andar en carguero), comme on dit aller à cheval. Aucune idée humiliante n’est attachée au métier de cargueros. Les hommes qui s’y livrent ne sont pas des Indiens, mais des métis, quelquefois même des blancs. On est souvent surpris d’entendre des hommes nus, qui sont voués à une profession aussi flétrissante à nos yeux, e disputer, au milieu d’une forêt, parce que l’un d’eux a refusé à l’autre, qui prétend avoir la peau plus blanche, les titres pompeux de Don ou de Su Merced. » (Vues, p. 16, en español y en bastardillas en el original).

[31] Sobre los mindalá o comerciantes del sur de Colombia y norte de Ecuador véase Salomon, Frank, Los Señores Étnicos de Quito en la época de los Incas, Otavalo (Ecuador), Instituto Otavaleño de Antropología, 1980 y “Un complejo de mercaderes en el norte andino” y “Pochteca and Mindalá: A Comparison of Long-Distance Traders in Ecuador and Mesoamérica”, Journal of the Steward Anthropological Society, vol. 9, Nos. 1 y 2, 1978, pp. 231-245; Uribe, María Victoria, “Los Pasto y la red regional de intercambio de productos y materias primas de los siglos: IX a XVI D.C.”, José Echeverría y María Victoria Uribe (eds.), Área septentrional andina norte: Arqueología y Etnohistoria, Quito, Banco Central del Ecuador, Instituto Otavaleño de Antropología, Ediciones Abya-Yala, 1995, pp. 439-458; Galo, Ramón, El poder y los Norandinos. La Historia en las Sociedades Norandinas del siglo XVI, Quito, Centro Andino Popular, 1990; Landázuri, Cristóbal, Los curacazgos Pastos prehispánicos: agricultura y comercio, siglo XVI, Quito, Banco Central del Ecuador, 1995; Bernal Vélez, Alejandro, “La circulación de productos entre los Pastos en el siglo XVI”, Arqueología del Área Intermedia, No. 2, Bogotá, Sociedad Colombiana de Arqueología, 2000, pp. 125-152; Moreno Yánez, Segundo, “De las formas tribales al Señorío Étnico: Don García Tulcanaza y la inserción de una jefatura en la formación socio-económica colonial”, Oberem, Udo y Segundo Moreno Y., Contribución a la etnohistoria ecuatoriana, Banco Central del Ecuador, Instituto Otavaleño de Antropología y Ediciones Abya-Yala, 1995, pp. 103-119. Para el caso mexicano puede verse, am manera de ejemplo, lo señalado sobre los pochteca por Sahagún, Bernardino de (fray), Historia General de las cosas de la Nueva España (ca. 1577), 2 vols., Madrid, Dastin S. L., 2003, libro noveno (T. II, pp. 689–735).

[32] Esta valoración crítica llevó a Humboldt a considerar que sus diarios no debían ser publicados por consideración con el rey español, Carlos IV, quien le había permitido visitar las colonias (Faak, Margot, “Los diarios americanos”, pp. 30–1) 

[33] Véanse por ejemplo, las anotaciones que les hicieron los indígenas sobre las cacas, descritas por Humboldt como pájaros nocturnos, que a millares planeaban por las aguas (Vistas, trad. Labastida, p. 29) e incluso la lámina de los volcanes de aire de Turbaco donde un nativo aparece dialogando con uno de los viajeros.

[34] Jorge Tadeo Lozano, “Memoria sobre las serpientes” (1808), Semanario del Nuevo Reino de Granada, T. I, pp. 110–1.

[35] Francisco José de Caldas, “Estado de la Geografía del Virreinato...”, Francisco José de Caldas, Semanario del Nuevo Reino de Granada, T. I, pp. 15–54, p. 22; subrayado en el original.

[36] Aunque estas observaciones refieren sobre todo al Orinoco, se relacionan con sus anotaciones sobre el proyecto de construcción del camino de Vélez, para conectar a Santafé con Cartagena y parecen corresponden a los registros de sus diarios escritos durante su estadía en Santafé, ya que anteceden a sus anotaciones sobre el viaje a Zipaquirá y la laguna de Guatavita (Diario, ed. Academia de Ciencias, p. 59 a).

[37] Humboldt, Alejandro de y A. Bonpland, Viage á las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente hecho en 1799 hasta 1804, 5 vols., París, Casa de Rosa, 1826.

[38] « On a ajouté au dessin de la cascade la figure de deux hommes pour servir d’echelle à la hauteur totale du salto. » (Vues, p. 22).

[39] Información proporcionada por la señora Vicky Barbosa, habitante y comerciante del área, Salto del Tequendama, abril 4 de 2009.

[40] Vues, p. 22; Vistas, p. 39.

[41] “El río que forma la terrible caída, tiene aún ahora, diferentes nombres, según la antigua costumbre indígena en el Llano de Bogotá.” (Diario, ed. Academia de Ciencias, p. 67 a).

[42] « Les Indiens de Pandi ont formé, pour la sûreté des voyageurs, d’ailleurs très–rares dans ce pays désert, une petite balustrade de roseaux qui se prolonge vers le chemin par lequel on parvient au pont supérieur. » (Vues, p. 11).

[43] “(...); à ces iris qui brillent des plus belles couleurs, et qui changent de forme à chaque instant; à cette colonne de vapeurs qui s’élève comme un nuage épais, (...).

[44]“Je croirai avoir atteint mon but, si le foibles esquisses que contient cet ouvrage, excitent des voyageurs amis des arts à visiter les régions que j’ai parcourues, pour retracer fidèlement ces sites majestueux, qui ne peuvent être comparés à ceux de l’Ancien Continent.” (Vues, p. 4).

[45] Esto se colige del vestido, pantalón y saco, y del tipo de sombreros que usan, muy distintos a los del campesinado del lugar.

[46] Humboldt hace referencia a “(...) la laguna de Guatavita en la que los príncipes de antaño sacrificaron tantos tesoros...” (Diario, ed. Academia de Ciencias, p. 43 a). Añade que el 17 de julio emprendieron con Bonpland un viaje entre cuyos objetivos estaba el de conocer la laguna de Guatavita “(...) tan nombrada en los mitos indígenas.” (ibid., p. 59 a).

[47] El interés por los estudios fisionómicos también ha sido señalado, para el caso mexicano, por Leitner, Ulrike, “Humboldt’s works on Mexico”, Quipu. Revista Latinoamericana de Historia de las Ciencias y la Tecnología (Humboldt y la ciencia americana bicentenario), 13 (1), México, Sociedad Latinoamericana de Historia de las ciencias y la tecnología, 2000, pp. 7–23.

[48] “Plusieurs paysages ont été coloriés, parce que, dans ce genre de gravure, les neiges se détachent beaucoup mieux sur le fond du ciel, (...) » (Vues, p. V). En la traducción de Vistas, ed. Labastida, p. 8 se traduce neiges por nubes pero al parecer sería más exacto nieves.

[49] Jaime Labastida, “Introducción”, Vistas, p. XXVI, nota 13. Referencia al uso del cianómetro diseñado por Paul, con el que se buscaba incluso medir su intensidad en Diario, ed. Academia, p. 52 a); véase también: Alejandro de Humboldt y A. Bonpland, Ideas para una Geografía de las Plantas más un cuadro de la naturaleza de los países tropicales, basado en las observaciones y mediciones que se realizaron entre los paralelos 10º latitud norte hasta 10º latitud sur, durante los años de 1799, 1800, 1801, 1802 y 1803 (1807), Bogotá, Jardín Botánico “José Celestino Mutis”, 1985, p. 22.

[50] Nieto, Mauricio, Orden natural y orden social. Ciencia y política en el Semanario del Nuevo Reino de Granada, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2007, p. 252.

[51] Pratt, Mary Louse, Imperial Eyes, p. 112.

[52] Serje, Margarita, El revés de la nación. Territorios salvajes, fronteras y tierras de nadie, Bogotá, Uniandes–Ceso, 2005, p. 86.

[53] Arboleda, Luis Carlos, sostiene que estos conflictos deben entenderse en el contexto de las rivalidades propias de la actividad científica (Arboleda Aparicio, Luis Carlos, “Humboldt en la Nueva Granada. Hipsometría y territorio”, Quipu. Revista Latinoamericana de Historia de las Ciencias y la Tecnología (Humboldt y la ciencia americana bicentenario), 13 (1), México, Sociedad Latinoamericana de Historia de las ciencias y la tecnología, 2000, pp. 53–66. Una aproximación que penetra un poco más en los elementos de conflicto puede verse en Castrillón Aldana, Alberto, Alejandro de Humboldt, del catálogo al paisaje, Medellín, Universidad de Antioquia, 2000, pp. 29–39.

[54] Langebaek, Carl, Los herederos del pasado. Indígenas y pensamiento criollo en Colombia y Venezuela, 2 vols., Bogotá, Universidad de los Andes, 2009, T. I, p. 144.

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