Dr. Albrecht Buschmann

Wissenschaftlicher Mitarbeiter der Professur für
Romanische Literaturwissenschaft (Französisch / Spanisch)

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"La novela policíaca española. Cambio social reflejado en un género popular", in: Abriendo caminos. La literatura española desde 1975, edición a cargo de Dieter Ingenschay y Hans-Jörg Neuschäfer, Barcelona, Editoria Lumen 1994, pp. 245-254.

Albrecht Buschmann

"La novela policíaca española. Cambio social reflejado en un género popular"

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La historia de la novela policíaca en la España moderna empieza con un muerto importante, porque primero tuvo que morir el general Franco, y con él desaparecer su aparato de censura, antes de que quedara libre el camino para una literatura de este género, asentada en suelo propio, que se ocupara de la corrupción, de la violencia y del asesinato en el propio país. Esto no significa necesariamente que hasta 1975 no se hubiera publicado nada en este género de novela; pero se trataba casi exclusivamente de traducciones de autores ingleses y americanos. Los dos pioneros Mario Lacruz (El inocente, 1953) y Manuel de Pedrolo (Joc brut, 1965; en castellano, Juego sucio, 1972), con sus parábolas sobre los mecanismos de represión en la época de Franco, envueltas hábilmente en el manto de la novela policíaca, sólo pudieron alcanzar a un público minoritario, y únicamente fue conocido por un público mayor Francisco García Pavón, profesor de literatura, con sus historias sobre Plinio, un policía de provincia. Pero sus historias eran humorísticas, exentas de crítica y ubicadas en un ambiente campestre, alejado de los vicios de las metrópolis (por ejemplo, Nuevas historias de Plinio, 1972). La propaganda franquista impidió con éxito que autores españoles retomaran la tradición de la literatura de género policíaco que, aunque modesta, había existido antes de la Guerra Civil. Oficialmente, "en España no podía suceder nada anormal y por supuesto nada que pudiera perturbar el orden establecido como es la criminalidad, y mucho menos podía hablarse de las instituciones encargadas de mantener el orden." (1)

Todo eso cambió a mediados de los años setenta: la libertad del discurso literario que creció con la muerte del dictador, y con una política de industrialisación a marcha forzada, sin frenos político-sociales, ofrecieron las mejores condiciones para que floreciera una literatura inspirada en el modelo de novela policíaca americana del tipo hard-boiled-school. En 1974 apareció Tatuaje de Manuel Vázquez Montalbán, y, un año más tarde, La verdad sobre el caso Savolta de Eduardo Mendoza. Este texto central para el desarollo de la literatura española actual sólo con algunas limitaciones lo podemos calificar como novela policíaca; no obstante, esa lograda mezcla de novela policíaca, novela rosa y novela histórica recuperó para la literatura española el juego con géneros populares y revalorizó concretamente la novela policíaca como género de literatura de alto nivel.

Desde entonces, haciendo un cálculo aproximado, se publicaron entre 150 y 200 novelas policíacas españolas como también gran número de cuentos del mismo género. Junto a la novela erótica, la novela policíaca se convirtió en el género de moda de la transición. Muchos autores jóvenes probaron su suerte en ese campo, pero no pasaron de su primera obra. Incluso algunos autores conocidos en el ámbito literario como Juan Benet (El aire de un crimen, 1980) o Alfonso Grosso (Los invitados, 1978) se dejaron seducir por la perspectiva de vender grandes ediciones en breve tempo. Con todo, una buena docena de autores sigue escribiendo principalmente novelas policíacas hasta hoy aportando así a formar una escuela de novela policíaca a la española. Como daré una visión global y no puedo perderme en detalles, probablemente seré injusto: autores originales quedarán sin nombrar y textos interesantes se citarán sólo de paso (2). Tampoco voy a tratar a fondo y tal como lo habrían merecido a autores como Eduardo Mendoza, Juan Madrid o Manuel Vázquez Montalbán, ya que a ellos se les dedican artículos más amplios en el presente volumen.

La figura del detective

Para el lector de novela policíaca alemana constituye algo muy evidente y natural el dejarse guiar a través de la acción por un comisario de policía. En la RFA no se imponen unas limitaciones de tipo psicológico o moral si uno se identifica con los representantes de la autoridad del estado. Algo muy distinto ocurre en España: hasta 1975, la tristemente célebre brigada política-social no sólo se dedicaba a aclarar delitos como robos y asesinatos, sino que actuó también como policía política, torturando y asesinando, interviniendo en la caza de comunistas y otros adversarios políticos. Sin duda, el departamento fue disuelto entretanto, pero los mismos funcinarios de antes sólo han sido trasladados de puesto. Quien en los años sesenta como joven fiel al régimen entró en la policía, ha llegado a ser hoy - en la medida de que esto le fue posible - un hombre que desempeña el cargo de jefe.

Por esto se habla tanto de policías corruptos en las novelas policíacas españolas. Si no son ellos mismos los criminales buscados (como ocurre en el cuento La sonrisa del muerto de Mariano Sánchez, 1990), a menudo se interponen, como representantes de redes franquistas que aún siguen siendo poderosas, en el camino de los héroes que llevan a cabo sus indigaciones y pesquisas. En este sentido, por ejemplo, Pepe Carvalho, el detective privado de Manuel Vázquez Montalbán, tiene que defenderse constantemente del acoso del comisario Contreras, el cual tiene a éste en su fichero ya desde los años sesenta.

Con los años ochenta, sin embargo, entre los autores y el público empezó a aflojarse el odio a los uniformes. Desde entonces,los policías pudieron convertirse también en protagonistas, aunque seguían siendo figuras achacosas y ambiguas, como por ejemplo el comisario Méndez, de Francisco González Ledesma, un viejo franquista misógeno, que habla pestes de la libertad y la democracia. Pero este anti-héroe deja su arma de reglamento siempre descargada, la utiliza sólo para amedrentar y ya en tiempos de Franco a menudo les hacía un guiño de complicidad a los que participaban en manifestaciones (tal como se explica en Crónica sentimental en rojo, 1984).

Desde finales de los años ochenta, entre los héroes de la novela policíaca se encuentran incluso policías de carácter, como por ejemplo Huertas, el jóven inspector idealista, en la obra de de Andreu Martín Barcelona connection (1988). Este policía ha detenido a dos gángsters de poca categoría y, cuando quiere interrogar a uno de los dos, lo matan en la cárcel: Parece que Huertas ha molestado una red internacional de drogas. Intentan sobornarlo sin rodeos y, cuando incluso el propio jefe pretende persuadirlo diciendo que detrás de todo ello seguramente sólo se esconde una historia de bragas, Huertas insiste. Con su collega Faura descubre una pista de corrupción y chantaje entre políticos, mandos altos de policía y personajes del mundo de la droga. Sin informar a sus superiores, reúne pruebas convincentes y detiene a los maquinadores del asunto. Sin embargo, incluso su mejor amigo, el juéz de instrución responsable del caso, es extorsionado con fotografías comprometedoras y deja escapar a los gángsters por un supuesto fallo en el procedimiento judical. Entonces el mismo Huertas se convierte en perseguido. El compañero Faura, también sobornado y entonces encargado con la tarea de controlarlo, lo hace caer en una trampa. En un tiroteo salvaje, Huertas puede salvarse por un pelo. La novela termina con un informe en el periódico que dice que la policía ha logrado dar un golpe importante a la mafia traficante de drogas; se busca al inspector Huertas en cuya casa han sido interceptados varios kilos de heroína.

Este ejemplo revela que en España no existe el llamado police procedural, o sea no encontramos ninguna novela policíaca que describa indagaciones efectuadas con la ajuda del aparato policial. Los policías "buenos" de la novela policíaca española tienen que investigar contra el aparato (criminal) de la policía, y sin mucho éxito. Así se puede deducir, aunque esto no les gustará a los propagandistas de la nueva España, que las sombras del pasado franquista están presentes hasta hoy día, tanto para los autores como para los lectores, o mejor dicho, existen en el subconciente colectivo.(3)

De este modo se hace comprensible el hecho de que a los autores les parezca más conveniente presentar a sus personajes principales como ciudadanos normales llenos de curiosidad ( por ejemplo en la novela de Julián Ibañez, Mi nombre es Novoa, 1986, donde el protagonista es contador) o como un periodista comprometido, por ejemplo en La esquina del círculo de Jordi Sierra i Fabra (1987) y en las novelas de Jorge Martínez Reverte que giran alrededor del periodista Julio Gálvez (Demasiado para Gálvez, 1979, Gálvez en Euskadi, 1982). Y además se han acreditado, sobre todo como héroes de serie, detectives privados de todos los colores. Por ejemplo el ex-policía y ex-boxeador Toni Romano que aparece en tres libros de Juan Madrid (sobre él, léase el artículo de Jürgen Siess en este volumen). Toni abandonó el cuerpo policial justamente en el año 1975 ya que, tras diez años de servicio, creía aún menos que antes en una reforma democrática del aparato policial. Desde entonces se gana difícilmente la vida, a veces como cobrador, a veces como apaga-broncas en una discoteca. Sus pesquisas se deben a su fuerza física, a su integridad moral - es insobornable, en la mejor tradición americana de lone wolf - y sobre todo con el conocimiento cabal de tabernas y bajos fondos madrileños que tiene. Sin embargo, el detective privado más conocido y original es Pepe Carvalho, aficionado a los platos exquisitos y a los autodafés quemando los libros de su extensa biblioteca, el protagonista de nueve novelas policíacas y cinco volúmenes de cuentos de Manuel Vázquez Montalbán.

Algo que les es común a todas las versiones de detective, trátese de policía, periodista o detective privado, es su credibilidad como persona; aquellos superhombres (tanto moral como físicamente) del tipo tradicional en ese género constituyen la excepción (por ejemplo el abogado Lic Salinas, protagonista de La jeringuilla, 1986, de Pedro Casals). Y, casi siempre, la figura del detective será vencida frente a su adversario, en último término es impotente frente al tejemaneje corrupto del mundo de la economía, la política y la policía. La novela policíaca española es pesimista, o quizá, si se quiere, sólo realista.

Sex and crime

En España, hasta bien entrados los años setenta, la Iglesia y el Estado se preocuparon de imponer una moral sexual manifiestamente rigurosa, y así fueron educados también los jóvenes autores de novela policíaca. A partir de 1975, ya nadie prestó atención a los guardianes de esas virtudes y desde entonces se comenzó a describir, a menudo en una forma exagerada, lo que durante tanto tiempo fue tabú. Atractivas conquistas hechas por el detective, el amor lesbiano, el fetichismo u otras prácticas picantes y (en aquellos tiempos) exóticas para el lector medio fueron descritas extensamente en numerosos episodios.

Con todo, no sólo la descripción del acto sexual había sido prohibida durante el régimen de Franco, también relatar entrando en detalles actos de violencia estaba sometido, tal como ya hemos mencionado al principio, a normas rigurosas. Fue algo muy comprensible, por consiguiente, que ambos elementos, el sexo y la violencia, se unieran para aumentar todavía más ese potencial provocador, para jugar con fruición con esas malas cosas que tanto atraen por haber sido tabuizadas antes. En esta línea, Andreu Martín escribió su drama de incesto Hay amores que matan, Y qué? (1984) o El día menos pensado (1986), un duro thriller del mundo de la droga. Sin embargo, el autor que en sus cinco novelas publicadas hasta ahora, ha escogido más decididamente el modelo sex and crime es Carlos Pérez Merinero. En su primera obra Días de guardar (1981), la descripción obsesiva de sexo sin arrepentimiento y de violación sin expiación aparece como respuesta a la represión franquista de cuatro decenios: el yo-narrador, el gángster Antonio Domínguez nos revela los trabajos que ha llevado a cabo en una semana, en la que ha cometido cuatro atracos, ha asesinado a tres hombres, ha violado a varias mujeres y ha abusado sexualmente del cadáver de una mujer. Al final de la novela coge el tren para ir a casa de su madre que vive en el campo. La policía no tiene pista alguna y él ya empieza a maquinar nuevos planes. El autor, desde la primera página, reproduce con éxito el monólogo del héroe, imitando miméticamente su forma de hablar, llena de elipses, digresiones y repeticiones, con un argot caótico, inculto y desbordante de variantes. Así, Pérez Merinero hábilmente consigue su espantoso objetivo: el de seducir al lector para que éste se identifique con ese peligroso y violento criminal que actúa impunemente.

La novela policíaca política como medio de crítica social

Si recordamos el clima altamente politizado de los años sesenta y primeros años del setenta, en los que se acuñó la juventud de casi todos los autores aquí mencionados, no sorprende el hecho que la joven novela policíaca española fuera utilizada como medio para transportar contenidos políticos. En este sentido, la novela de Jorge Martínez Reverte El mensajero (1882) refleja la desilusión de la izquierda a finales de los setenta e intenta descubrir los mecanismos que llevaron del compromiso político al terrorismo. El deseo de independencia de los vascos y la problemática de ETA ocupan el tema central de La trampa (1988) de Eugenio Ibarzábal o de La rusa (1986) de Juan Luis Cebrián. En la obra primeriza de Juan Madrid Un beso de amigo (1980), Toni Romano indaga sobre hombres que se esconden detrás de matones fascistas y descubre, tal como occurió en realidad, cómo el barrio Malasaña de Madrid se convirtió en objetivo de especulaciones inmobiliarias. En sus esbozos de novela policíaca (como, por ejemplo, Un trabajo fácil, 1986, o Jungla, 1988), Juan Madrid se ocupa des las capas sociales más bajas, donde la pobreza y la falta de posibilidades condicionan y llevan directamente a los crímenes de cada día.

Como Juan Madrid, Manuel Vázquez Montalbán en sus novelas se dedica a presentar al lector una crónica de los cambios sociales en España. Que su proyecto de crónica se justifique se documenta, por una parte, en la riqueza temática de sus libros, en la cantidad de biografías convincentes, y también en la profesionalidad con la que narra las transformaciones sociales. Esto se muestra claramente en Los mares del Sur (1979), la novela policíaca española que mayor éxito ha tenido, con más de 260.000 ejemplares vendidos, y que seguramente figura entre las mejores. El detective Carvalho investiga las circunstancias del asesinato del manager Stuart Pedrell que, un año antes de su muerte, dejó su profesión para realizar el sueño de su vida: vivir en los mares del Sur, siguiendo las huellas de Gauguin. Con todo, su viaje a esos mares es sólo un truco ya que, en realidad, se retira a un barrio inhospitalario de altos edificios en los alrededores de Barcelona donde quiere realizar las ideas izquierdistas de su juventud poniéndose a trabajar activamente en el partido comunista. A causa de una relación con una camarada, unos compañeros le dan una paliza y Pedrell muere porque sus amigos ricos de antes, que entretanto se entendían mejor sin él, le niegan la ayuda necesaria que podría haberle salvado la vida. Sus grandes sueños de los mares del Sur terminan en "islas de cemento" (p.205) y con una muerte totalmente indigna. (Un análisis minucioso de esta novela se expone en el artículo de Hartmut Stenzel).

El tema, la huida en vano de un marco de vida establecido a través de un camino individual - un motivo que se encuentra también en otras novelas de Vázquez Montalbán - nos lleva a un problema más general: la limitación fundamental de la libertad causada por las propias contradicciones. Los comentarios de Carvalho al concluirse el caso sugieren también una interpretación política concreta del libro: "He tenido además la oportunidad de recorrer una historia ejemplar que casi me hace creer en la fatalidad. Hay cosas que son contra la natura. Tratar de huir de la propia edad, de la propia condición social lleva a la tragedia. Piensen en eso cada vez que tengan la tentación de marcharse a los mares del Sur." (210) Si se piensa además en la carga simbólica del título, en la asociación del "Sur" con el sueño de una vida mejor, la novela entonces se puede leer como cristalización literaria del clima político que existía en los últimos años de la transición. Se trata del desencanto, de la desilusión cuando se hizo evidente que en España no habría ninguna renovación radical o revolucionaria. La muerte de Stuart Pedrell, con la cual acaba su sueño de irse al "Sur", equivale al fracaso de este sueño colectivo.

Ahora bien, que es lo que hace interesantes las novelas policíacas españolas siguiendo la perspectiva del lector alemán? En primer lugar, su ambiente español, su realismo urbano: quien las lea con mirada atenta y conociendo algo de la historia de España de los últimos años, con la lectura de estas novelas se entererá más a fondo de los cambios de mentalidad que se fueron produciendo en la sociedad española a partir de la muerte de Franco. Además de esto, la joven tradición de novela policíaca convence por su riqueza estilística y formal, por la amplia gama de subgéneros que ofrece lecturas sorprendentes. Quizá no carezca de razón Manuel Vázquez Montalbán cuando - refiriéndose a la inmensa producción de novelas policíacas en los Estados Unidos, en Inglaterra e incluso en Francia - recalca que una golondrina no hace verano y opina que no existe la novela policíaca española, sino solamente un puñado de autores que juega con el modelo de éste género. Sin embargo, sin la aportación concreta de los autores de novela policíaca, la renovación de la narrativa española de los últimos quince años no se habría producido con tanto éxito.

 

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